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Cuando la inteligencia artificial reescribe al liderazgo desde la cima

Cuando la inteligencia artificial reescribe al liderazgo desde la cima

Hay un relato que las organizaciones repiten con comodidad: la inteligencia artificial desplazará a los analistas de nivel medio, a los agentes de atención al cliente, a los programadores junior. Es un relato que incomoda lo suficiente para parecer honesto, pero no tanto como para amenazar a quienes lo cuentan. El problema es que ese relato está incompleto, y su incompletitud no es inocente.

Ricardo MendietaRicardo Mendieta10 de junio de 20269 min
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Cuando la inteligencia artificial reescribe al liderazgo desde la cima

Hay un relato que las organizaciones repiten con comodidad: la inteligencia artificial desplazará a los analistas de nivel medio, a los agentes de atención al cliente, a los programadores junior. Es un relato que incomoda lo suficiente para parecer honesto, pero no tanto como para amenazar a quienes lo cuentan. El problema es que ese relato está incompleto, y su incompletitud no es inocente.

Lo que está ocurriendo en la cima de las organizaciones es estructuralmente más significativo que lo que ocurre en la base, precisamente porque es más silencioso. No hay titulares sobre el CFO desplazado por un algoritmo. No hay protestas sindicales por la automatización del comité ejecutivo. Sin embargo, los datos de más de 5.000 posiciones ejecutivas abiertas analizadas por Russell Reynolds Associates entre 2019 y 2025 documentan un desplazamiento real: no de personas, sino de los atributos que hacen a esas personas valiosas. Esa distinción importa más de lo que parece.

La pregunta que ningún consejo directivo debería eludir no es si la IA llegará a sus filas. Ya llegó. La pregunta es si la organización tiene la lucidez para entender qué está cambiando y la disciplina para actuar en consecuencia antes de que el mercado lo decida por ella.

El fin del liderazgo como almacén de conocimiento

Durante la mayor parte del siglo XX, el poder ejecutivo se construyó sobre una premisa simple: quien más sabe, manda. El CFO acumulaba décadas de conocimiento financiero que ningún subordinado podía replicar con facilidad. El COO entendía la cadena de operaciones porque la había vivido. El CEO llegaba a la cima con un historial de resultados que funcionaba como certificado de idoneidad. Las credenciales —el MBA de una institución de élite, el paso por las empresas correctas, la antigüedad en la función— no eran vanidad: eran señales reales de un activo escaso.

Ese activo ya no es escaso. Los modelos actuales de inteligencia artificial pueden analizar escenarios financieros, optimizar cadenas de suministro y sintetizar investigaciones de mercado con una velocidad y consistencia que ningún individuo puede igualar. Esto no significa que el CFO sea irrelevante. Significa que la parte de su valor que provenía de saber más que los demás ha sido transferida a sistemas que no cobran bono ni piden promoción.

Lo que queda —lo que los sistemas no pueden replicar con facilidad— es la capacidad de juzgar bien bajo ambigüedad, de sostener confianza en momentos de presión, de diseñar los sistemas dentro de los cuales operan tanto humanos como máquinas. El análisis de perfiles ejecutivos de Russell Reynolds documenta este giro con precisión: en 2025, las competencias relacionadas con inteligencia artificial, analítica de datos, computación en la nube y tecnologías emergentes aparecen como características normativas en los perfiles de CFO. En 2019, eran prácticamente inexistentes en esos mismos documentos. Las descripciones de cargo no cambiaron de título. Cambiaron de exigencia.

Este desplazamiento tiene una consecuencia estratégica que pocas organizaciones están procesando con suficiente seriedad: los criterios de contratación y promoción para roles ejecutivos deben reorientarse desde el historial hacia la capacidad de aprendizaje. Contratar a un CFO porque dominó los ciclos de cierre contable durante veinte años puede ser exactamente el error que una organización no puede permitirse en este momento. Esa competencia ya está automatizada o en camino de estarlo. Lo que no está automatizado es la capacidad de ese CFO para construir el juicio sobre los sistemas que ahora producen los análisis, para detectar cuándo el modelo está equivocado, para decidir cuándo confiar en la máquina y cuándo ignorarla.

La anatomía del cambio en dos roles

El CFO y el CHRO son los dos casos más documentados en el análisis disponible, y los más reveladores porque representan dos extremos funcionales: el primero asociado a la exactitud cuantitativa, el segundo a la gestión de lo intangible humano. Que ambos estén convergiendo hacia una misma dirección —mayor fluidez con datos, mayor capacidad de diseño de sistemas, menor dependencia de procesos manuales— no es coincidencia. Es una señal de que la transformación no respeta fronteras funcionales.

Para el CFO, el cambio puede describirse como un desplazamiento desde el reporte hacia la predicción. El rol tradicional del director financiero era custodiar la exactitud del pasado: cerrar los libros, asegurar el cumplimiento regulatorio, presentar los resultados al consejo. Esas funciones no desaparecen, pero se automatizan, se estandarizan, se delegan a plataformas que las ejecutan con menos error y menor costo. Lo que no se automatiza es la capacidad de interpretar los modelos de escenario que ahora informan decisiones de capital, de diseñar los parámetros dentro de los cuales opera la inteligencia artificial en la función financiera, de mantener responsabilidad sobre los resultados incluso cuando el análisis lo produce un sistema que nadie en la sala entiende completamente.

Para el CHRO, la transformación es todavía más radical porque afecta la narrativa que ha definido la función durante décadas. La dirección de personas se construyó sobre una premisa humanista: administrar el ciclo de vida del empleado, gestionar relaciones, mantener la cultura. Esa narrativa sigue siendo válida, pero ha dejado de ser suficiente. El perfil ejecutivo que las organizaciones están buscando ahora incluye capacidad para diseñar la arquitectura de interacción entre humanos y máquinas en el trabajo, para usar analítica conductual en decisiones de talento, para gobernar éticamente los sistemas de inteligencia artificial que evalúan, seleccionan y desarrollan personas. El CHRO que no entiende cómo funciona un modelo de predicción de rotación tiene el mismo problema que el CFO que no entiende un balance: está operando a ciegas en su propia función.

Lo que estos dos casos revelan es un patrón que aplica a todo el comité ejecutivo: el valor diferencial de un ejecutivo ya no reside en lo que sabe hacer, sino en la calidad del juicio con que orquesta sistemas que hacen lo que él sabía hacer. Esa es una redefinición profunda, y la mayoría de las organizaciones no la ha internalizado todavía en sus procesos de evaluación, sucesión ni compensación.

Los consejos directivos frente a una brecha de gobernanza

Si la transformación del comité ejecutivo es silenciosa, la situación en los consejos directivos es más preocupante. Un análisis de la National Association of Corporate Directors reporta que solo el 14% de los consejos discute inteligencia artificial en cada reunión. Más relevante aún: el 45% no ha incluido el tema en sus agendas en absoluto. Estos números no son simplemente un indicador de rezago tecnológico. Son un indicador de una brecha de gobernanza con consecuencias financieras y reputacionales concretas.

Los consejos existen para supervisar la estrategia, gestionar el riesgo y garantizar la rendición de cuentas. Cuando la inteligencia artificial ya está informando decisiones de precios, asignación de capital, contratación y desarrollo de producto en las empresas que esos consejos supervisan, la incapacidad para discutir el tema con rigor equivale a supervisar sin leer los estados financieros. La analogía no es hiperbólica: los modelos de inteligencia artificial están produciendo outputs que afectan la economía de la empresa, y la mayoría de los consejos no tiene los mecanismos para auditarlos.

El análisis del artículo original de HBR propone una curva de madurez para los consejos que va desde la fase de inercia —donde la IA se trata como algo periférico— hasta arquitecturas de gobernanza híbridas donde los sistemas de inteligencia artificial participan activamente en procesos de análisis estratégico, sin desplazar la responsabilidad humana sobre las decisiones. Esta curva no es especulativa: algunas empresas, particularmente las de mayor intensidad tecnológica, ya operan con mecanismos donde los sistemas agénticos contribuyen análisis en procesos de planificación estratégica y evaluación de riesgo.

Lo que hace difícil este avance para los consejos tradicionales no es la tecnología: es la composición. Los perfiles que históricamente han dominado los consejos —experiencia sectorial profunda, credenciales financieras, redes institucionales— no incluyen, en su mayoría, la capacidad para evaluar la calidad de un modelo de inteligencia artificial, identificar sus sesgos, o juzgar cuándo la recomendación de un sistema debe ser rechazada. Agregar un director con perfil tecnológico resuelve parcialmente el problema, pero no lo resuelve en su raíz. La gobernanza de la inteligencia artificial no es una competencia técnica especializada que se delega a un director: es una capacidad colectiva que debe distribuirse en el consejo.

Las organizaciones que están adelantando este trabajo bien no están esperando que la regulación las obligue ni que un incidente de reputación las fuerce. Están redefiniendo los criterios de selección para nuevos directores, construyendo mecanismos de reporte que hagan visible el uso de inteligencia artificial en las operaciones, y estableciendo comités específicos de supervisión con mandatos claros. Son todavía minoría.

Lo que el mapa de títulos no muestra

La proliferación de nuevos títulos ejecutivos —director de inteligencia artificial, director de datos, director de ética, director de transformación— tiene el riesgo de convertirse en el tipo de reorganización cosmética que las organizaciones dominan cuando enfrentan presión para parecer ágiles sin serlo. La historia del cargo de director de diversidad, que según los datos de Russell Reynolds está en declive porque su agenda fue absorbida —o simplemente abandonada— en la estructura más amplia, es una advertencia sobre la distancia entre el título y el compromiso real.

El título de director de inteligencia artificial no garantiza una estrategia de inteligencia artificial, de la misma manera que el título de director de innovación no produjo innovación en la mayoría de las empresas que lo adoptaron. Lo que determina si el cambio es real es si el rol tiene recursos, autoridad de decisión y capacidad para generar renuncias concretas en otras áreas del presupuesto y la agenda ejecutiva. Un director de inteligencia artificial sin capacidad para decirle al CFO que el modelo financiero que está usando tiene un sesgo de confirmación, o para decirle al CHRO que el sistema de evaluación de desempeño que está implementando penaliza perfiles que no deberían ser penalizados, es un cargo decorativo.

La señal más honesta de que una organización está procesando este cambio con seriedad no está en los títulos que crea: está en los títulos que modifica y en las competencias que exige de quienes ya están en la cima. Cuando el proceso de evaluación del CEO empieza a incluir criterios sobre la calidad de su juicio en decisiones informadas por algoritmos, cuando el proceso de sucesión del CFO pondera explícitamente la capacidad de diseñar sistemas de analítica financiera, cuando el consejo directivo tiene mecanismos para auditar el uso de inteligencia artificial en decisiones operativas, eso es una organización que está tomando el cambio en serio.

Lo que la mayoría de las organizaciones está haciendo es más cómodo: agregar un cargo nuevo al organigrama, incluir "inteligencia artificial" en las descripciones de puesto, declarar que la transformación digital es una prioridad estratégica. Esas acciones no son inútiles, pero son insuficientes si no van acompañadas de la decisión más difícil: aceptar que los criterios que definen qué hace valiosa a una persona en la cima han cambiado, y actuar en consecuencia aunque eso signifique reevaluar a quienes ya están ahí.

El liderazgo que viene no se parece al que funciona hoy

Las organizaciones que saldrán mejor posicionadas de este período no serán las que tengan los modelos de inteligencia artificial más sofisticados ni las que hayan creado más títulos ejecutivos nuevos. Serán las que hayan resuelto antes el problema de gobernanza más difícil: cómo mantener la rendición de cuentas humana sobre decisiones que cada vez más son generadas, informadas o ejecutadas por sistemas que los humanos a cargo no comprenden completamente.

Ese problema no tiene una solución tecnológica. Tiene una solución de liderazgo. Y el liderazgo que requiere no es el que sabe más, sino el que juzga mejor bajo condiciones de incertidumbre creciente, el que diseña los sistemas dentro de los cuales operan tanto personas como máquinas, el que acepta responsabilidad sobre los resultados aunque no haya tomado la decisión de manera directa.

Las organizaciones que siguen contratando y promoviendo ejecutivos principalmente en función de lo que hicieron en el pasado están construyendo el comité ejecutivo del ciclo anterior. El ciclo que está comenzando exige algo diferente: menos certeza sobre el dominio funcional, más capacidad para moverse bien en territorio donde las reglas todavía se están escribiendo. Esa capacidad no se certifica con un historial. Se infiere con criterio, se evalúa con rigor y se desarrolla antes de necesitarla, no después de que la ausencia ya costó algo.

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