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Por qué la banca patrimonial europea ya no puede vender rendimiento como argumento central

Por qué la banca patrimonial europea ya no puede vender rendimiento como argumento central

Hay un dato en la encuesta que McKinsey publicó en junio de 2026 que merece detenerse antes de seguir: entre los clientes de alto patrimonio neto en Europa, la proporción que se autodescribe como tomador de riesgo cayó del 40 al 31 por ciento en apenas dos años. No es una oscilación de ciclo. Es una recalibración que atraviesa todos los segmentos al mismo tiempo, en un sector que históricamente construyó su propuesta de valor sobre la promesa de retornos superiores.

Francisco TorresFrancisco Torres24 de junio de 20269 min
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Por qué la banca patrimonial europea ya no puede vender rendimiento como argumento central

Hay un dato en la encuesta que McKinsey publicó en junio de 2026 que merece detenerse antes de seguir: entre los clientes de alto patrimonio neto en Europa, la proporción que se autodescribe como tomador de riesgo cayó del 40 al 31 por ciento en apenas dos años. No es una oscilación de ciclo. Es una recalibración que atraviesa todos los segmentos al mismo tiempo, en un sector que históricamente construyó su propuesta de valor sobre la promesa de retornos superiores. Cuando el argumento central deja de resonar con el cliente, el modelo completo necesita examinarse con frialdad.

El estudio, que recoge respuestas de aproximadamente 5.500 clientes europeos distribuidos en tres segmentos —afluentes, privados y de alto patrimonio neto—, no es una encuesta de satisfacción. Es un diagnóstico de demanda que muestra con números qué tan lejos están las expectativas actuales del cliente de lo que la industria todavía ofrece como estándar. Y la distancia es suficientemente amplia como para que no se resuelva con actualizaciones incrementales.

El modelo que funcionó hasta aquí ya no cierra la ecuación

Durante décadas, la gestión patrimonial operó bajo una lógica relativamente estable: el asesor seleccionaba activos, generaba rentabilidad, y el cliente renovaba la confianza en cada ciclo positivo. El canal era presencial o telefónico. La frecuencia de contacto era periódica. Los honorarios se calculaban sobre el volumen gestionado y pocas veces se desglosaban con transparencia. Era un modelo diseñado para escalar con eficiencia, no para personalizar con profundidad.

Lo que la encuesta de McKinsey documenta es que ese modelo está siendo presionado desde varios frentes al mismo tiempo. El primero y más visible es la caída generalizada en la tolerancia al riesgo. Entre los clientes afluentes, el porcentaje que se identifica como tomador de riesgo bajó del 29 al 24 por ciento. Los clientes privados registraron un descenso similar. Pero el número que más incomoda al sector es el de los clientes de alto patrimonio: del 40 al 31 por ciento. Este segmento era, históricamente, el que más cómodamente aceptaba exposición a activos volátiles porque tenía colchón suficiente para absorber pérdidas de corto plazo. Que su apetito por riesgo haya caído casi diez puntos porcentuales en dos años dice algo sobre el estado emocional e intelectual de ese cliente, no solo sobre el ciclo de mercado.

El segundo frente de presión está en los honorarios. El estudio muestra que incluso los clientes de alto patrimonio —históricamente los menos sensibles al precio— exhiben mayor conciencia sobre costos que en 2024. Más del 66 por ciento de los clientes en todos los segmentos prefiere estructuras de honorarios variables vinculados a desempeño sobre tarifas fijas. El 71 por ciento de los clientes afluentes declara disposición a pagar por separado por planificación financiera. El 68 por ciento está dispuesto a pagar por reportes mejorados. Estos datos no describen a un cliente que quiere pagar menos: describen a un cliente que quiere entender qué está comprando y que el precio refleje lo que recibe.

El tercer frente —y probablemente el más estratégicamente costoso de ignorar— es la expansión de lo que el cliente considera parte del servicio. El 70 por ciento de los clientes de alto patrimonio considera muy o extremadamente importante que su asesor financiero juegue un papel en la planificación de aspectos no financieros de su longevidad: vivienda, cuidados, transiciones de estilo de vida, transferencia de patrimonio. Entre el 32 y el 41 por ciento expresa interés en productos de renta vitalicia o garantizada. Entre el 33 y el 37 por ciento quiere acceder a seguros de cuidados de largo plazo a través de su gestor patrimonial. Lo que el cliente está describiendo no es un servicio financiero ampliado. Es una figura de confianza para decisiones de vida, con capacidad técnica para instrumentarlas.

La brecha entre lo que el modelo actual puede ofrecer y lo que el cliente está pidiendo no es de ajuste fino. Es de arquitectura.

Inteligencia artificial como capa de soporte, no como sustituto del criterio

Uno de los aspectos más reveladores del estudio es la forma en que los clientes europeos entienden el papel de la inteligencia artificial en su relación con el asesor. La narrativa dominante en los últimos años en el sector ha oscilado entre dos extremos: el robot-asesor como amenaza al empleo del gestor, o la IA como diferenciador competitivo que permite escalar servicio personalizado sin aumentar costos. Los datos de McKinsey invalidan ambos extremos.

La desconfianza hacia los servicios de asesoría automatizada ha disminuido desde 2024, lo cual es un dato relevante. Pero el número que define la situación con precisión es este: solo el 17 por ciento de los clientes afluentes y el 22 por ciento de los clientes privados se siente cómodo usando plataformas completamente digitales sin asistencia humana. Entre los de alto patrimonio, ese porcentaje sube al 36 por ciento, que sigue siendo una minoría. Las proporciones que aceptan usar inteligencia artificial dentro de plataformas digitales de inversión son incluso menores en cada segmento.

Lo que los clientes sí valoran de la inteligencia artificial es su capacidad para mejorar al asesor humano: consejos más oportunos, mejor explicabilidad de las recomendaciones, mayor personalización dentro de la relación. Entre el 33 y el 45 por ciento de los encuestados cree que los avances recientes en inteligencia artificial pueden hacer más eficaz el consejo automatizado, pero en todos los segmentos el uso preferido de la tecnología es generar asesoría personalizada que llegue a través de un asesor humano, no en lugar de uno.

Esto tiene implicaciones operativas concretas. Una firma que está invirtiendo en inteligencia artificial para reducir su planta de gestores y escalar el servicio con menor cobertura humana está leyendo mal la señal. El cliente no quiere menos gestores: quiere gestores mejor informados, más rápidos y con mayor capacidad de contextualizar su situación particular. La tecnología que agrega valor en este modelo no es la que reemplaza el juicio relacional del asesor, sino la que le proporciona contexto más rico, alertas más tempranas y mayor capacidad de explicar sus recomendaciones con claridad.

Para los gestores patrimoniales europeos, esto define una arquitectura específica de inversión tecnológica: herramientas de análisis de cartera en tiempo real, sistemas de alerta sobre eventos de vida relevantes para el cliente, motores de personalización que alimenten la preparación del asesor antes de cada interacción. El gasto en inteligencia artificial que no pasa por fortalecer esa capa intermedia —el gestor humano como punto de contacto final— difícilmente generará retorno en términos de retención de clientes o captación de activos adicionales.

Los segmentos divergen y un solo modelo los está sirviendo mal a todos

La encuesta deja en evidencia algo que la industria conoce pero rara vez traduce en consecuencias operativas con la honestidad que merece: los tres segmentos de clientes tienen comportamientos, preferencias y necesidades tan distintas que servir a los tres con la misma infraestructura es, en términos prácticos, no servir bien a ninguno.

Los clientes afluentes tienen el 37 por ciento de sus activos financieros en productos gestionados. Su canal preferido para hacer cambios en cartera es la autogestión digital. Solo el 29 por ciento busca asesoría más de una vez al mes. El 64 por ciento se siente cómodo tomando decisiones financieras. Quieren simplicidad, transparencia de costos y herramientas digitales que no requieran intermediación constante.

Los clientes de alto patrimonio tienen el 55 por ciento de sus activos en productos gestionados. Prefieren hacer cambios en cartera en persona, con su asesor. El 59 por ciento busca asesoría más de una vez al mes. El 83 por ciento se siente cómodo tomando decisiones financieras. Quieren un rango de productos más amplio, acceso multicanal coordinado y una relación de alta frecuencia con un gestor que conozca en detalle su situación.

La diferencia no es de matiz: es de modelo de negocio. El cliente afluente necesita una plataforma digital bien construida con respaldo humano disponible pero no intrusivo. El cliente de alto patrimonio necesita un gestor dedicado que opere con soporte tecnológico invisible pero potente. Intentar satisfacer ambas necesidades con el mismo producto, el mismo canal y el mismo nivel de dedicación implica ofrecer a cada uno algo que no encaja del todo con lo que busca.

Hay también una consecuencia económica directa en esta divergencia. El 36 por ciento de los clientes de alto patrimonio encuestados indica que podría cambiar su banco principal en los próximos 12 meses. La razón número uno que citan clientes de todos los segmentos para abandonar una institución es la pérdida de confianza. Y el 49 por ciento de los clientes afluentes reporta que su banco principal no se ha contactado con ellos en respuesta a la situación geopolítica actual, mientras que la mitad de ellos ya ha recibido propuestas de bancos competidores.

Esa asimetría —la competencia más proactiva que el titular— no describe una industria que está perdiendo clientes por precio. Describe una industria que los está perdiendo por silencio.

El momento en que el relato ya no compra tiempo

El sector de gestión patrimonial europeo ha operado durante años con una ventaja que ahora se está erosionando: la inercia del cliente establecido. Cambiar de banco o de gestor tiene costos reales —administrativos, relacionales, de aprendizaje— que durante mucho tiempo funcionaron como barreras de salida suficientemente altas para que el cliente se quedara aunque el servicio no evolucionara.

Esa inercia está disminuyendo. La disposición a cambiar de banco principal en los próximos doce meses que declara más de un tercio de los clientes de alto patrimonio no es solo una estadística de encuesta: es la señal de que el umbral de insatisfacción necesario para que un cliente actúe se está reduciendo. La combinación de mayor acceso a alternativas digitales, mayor conciencia sobre costos y mayor claridad sobre lo que no están recibiendo está volviendo más caro el silencio institucional.

La respuesta que algunos actores del sector están dando —más tecnología, más canales, más productos— no es incorrecta en sí misma. El problema es el orden de prioridades. La encuesta no describe a un cliente que quiere más opciones de acceso a una relación que no le satisface. Describe a un cliente que quiere que la relación cambie de naturaleza: de una centrada en la gestión de activos a una centrada en la gestión de la complejidad de su vida financiera y personal.

Eso no se resuelve con una aplicación más intuitiva ni con una tarifa más transparente, aunque ambas cosas sean necesarias. Se resuelve con gestores que tengan un perfil de competencias distinto al que el sector ha formado históricamente, con modelos de cobertura que integren planificación de largo plazo, con infraestructura de datos que permita personalizar sin depender del tiempo del gestor, y con estructuras de honorarios que alineen el ingreso de la firma con el resultado del cliente, no con el volumen de activos bajo gestión.

Ese tipo de transformación requiere decisiones que van mucho más allá de los presupuestos de tecnología o marketing. Implica tocar la economía del modelo, el perfil del talento y la arquitectura del producto. Las firmas que están tratando estos hallazgos como insumos para el próximo ciclo de planificación estratégica probablemente llegarán tarde. Las que los están leyendo como una señal de que el cliente ya tomó una decisión y está esperando ver si la institución la acompaña tienen mejores probabilidades de retener lo que ya construyeron.

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