Los directorios ya no esperan que el CEO aprenda en el trabajo
Hay una ficción operativa que gobernó las transiciones ejecutivas durante décadas: el CEO nuevo tiene cien días para escuchar, orientarse y ganarse la confianza antes de actuar. Esa ficción colapsó. No fue un cambio gradual ni una evolución silenciosa del criterio corporativo. Fue una ruptura en las expectativas que reorganizó completamente lo que significa llegar al cargo preparado.
Hoy, según el análisis publicado por Meredith Rosenberg, cofundadora y socia de NU Advisory Partners, los directorios no están otorgando períodos de gracia. Esperan juicio desde el primer día. No como demanda arbitraria, sino como reflejo de un entorno donde la ambigüedad prolongada tiene costos visibles: señales equivocadas a los equipos, pérdida de momentum en mercados que se mueven rápido, y una erosión temprana de credibilidad ante inversores y juntas que observan cada movimiento inicial con lupa.
Lo que resulta más incómodo de ese cambio no es su velocidad. Es lo que revela sobre el diseño de las transiciones ejecutivas: durante mucho tiempo, las organizaciones construyeron ese período de adaptación como una estructura de soporte tácita, invisible, sin responsable formal. Cuando los directorios decidieron eliminar la tolerancia al aprendizaje en vivo, nadie reemplazó ese soporte con algo equivalente. El resultado fue una brecha de diseño con consecuencias reales.
El trabajo previo que nadie formaliza
La pregunta que debería incomodar a cualquier directorio que presiona por resultados inmediatos es sencilla: si el CEO no tiene tiempo de aprender en el cargo, ¿dónde ocurre ese aprendizaje. La respuesta honesta es que migró hacia un período de preparación previo al inicio formal, pero sin protocolo claro, sin estructura visible y, en la mayoría de los casos, sin soporte institucional.
Rosenberg describe cómo su firma trabaja con los ejecutivos seleccionados antes de que comience su primer día oficial. Eso incluye mapear la cultura real de la organización, que raramente coincide con la versión presentada durante el proceso de búsqueda. También implica entender las estructuras de poder informales, identificar las relaciones externas que más pesan, y construir una lectura precisa del mandato real versus el mandato declarado. Ese último punto es delicado: las organizaciones frecuentemente comunican una necesidad y contratan para resolver otra.
Este modelo tiene una lógica de diseño clara. Si la tolerancia a la ambigüedad en el cargo ha caído, la única manera de sostener la calidad de las decisiones tempranas es comprimir el ciclo de orientación antes de que el reloj oficial comience. El problema es que ese trabajo previo no está sistematizado en la mayoría de las organizaciones. Depende de la capacidad de la firma de búsqueda, del acceso que el candidato tenga a información confiable y, con frecuencia, de redes personales que varían enormemente según el perfil del ejecutivo.
Cuando ese trabajo previo no ocurre o es superficial, el costo no aparece como una línea en el estado de resultados. Aparece como decisiones tempranas que erosionan confianza, como lecturas incorrectas de la cultura que generan fricciones innecesarias, o como una gestión del equipo directivo que parte de supuestos equivocados sobre quién tiene poder real y quién lo perdió. Los primeros seis meses de un CEO no son un período de cortesía. Son una ventana donde se instalan patrones que luego resultan muy costosos de revertir.
Cuando el contexto tecnológico complica la ecuación
La presión sobre las transiciones ejecutivas no ocurre en vacío. Rosenberg la sitúa específicamente en el sector educativo y edtech, donde la integración de inteligencia artificial está reconfigurando la estrategia, el desarrollo de producto, la planificación de talento y la relación con instituciones que históricamente se mueven con cautela. Esa combinación de presión de velocidad externa y ritmo de adopción lento al interior de las organizaciones clientes genera una tensión que un CEO nuevo puede subestimar con facilidad.
Las universidades y los sistemas de educación básica responden a múltiples grupos de interés, cargando una responsabilidad explícita sobre el impacto en estudiantes y educadores. Su disposición a adoptar productos con inteligencia artificial es con frecuencia significativamente más lenta de lo que asumen los inversores. Esa brecha entre expectativa del mercado de capitales y velocidad de adopción institucional es, según Rosenberg, uno de los riesgos más subestimados en edtech en este momento.
Para un CEO que llega con una agenda agresiva de integración tecnológica, sin haber calibrado previamente dónde están realmente sus clientes institucionales, el costo no es solo estratégico. Es de credibilidad. Pierde confianza con los compradores institucionales que sienten presión para adoptar a un ritmo que no pueden sostener, y simultáneamente pierde confianza con los inversores si los resultados comerciales no corresponden con la narrativa de velocidad de adopción que se vendió durante la ronda de financiamiento.
Ese tipo de miscalculación no se corrige fácilmente. No porque la estrategia sea mala en abstracto, sino porque se instaló antes de que el CEO tuviera una lectura calibrada del sistema real. Y eso, a su vez, es un problema de diseño de la transición: si el tiempo de orientación previa fue insuficiente, el ejecutivo llega con supuestos tomados de la narrativa de venta del proceso de selección, no de la realidad operativa de la organización ni del ritmo de compra de sus clientes.
Lo que los directorios están midiendo antes de verlo
Hay una dimensión del análisis de Rosenberg que merece atención independiente, porque toca algo que los directorios raramente articulan con claridad pero que opera con fuerza real en sus evaluaciones tempranas. La diferencia entre un CEO que genera confianza rápido y uno que genera inquietud no siempre tiene que ver con decisiones concretas. Tiene que ver con señales de presencia y dirección.
Un ejecutivo que llega y espera para actuar hasta tener certeza completa transmite una lectura específica: no está seguro del mandato, o no confía en su propio criterio para operar con información incompleta. En el contexto de un directorio que ya decidió no otorgar períodos de gracia, esa lectura activa la alarma de selección equivocada, independientemente de si las razones del ejecutivo son técnicamente válidas. La señal importa antes que la justificación.
Lo que Rosenberg describe como la distinción entre acción y presencia es una categoría de diseño de comportamiento ejecutivo que los directorios de alto funcionamiento evalúan con criterios más sofisticados de lo que suele reconocerse. No buscan actividad visible por sí misma. Buscan evidencia de que el CEO tiene un modelo mental del sistema que está liderando, que puede nombrar sus prioridades con precisión, y que sabe cómo se van a tomar decisiones bajo su gestión. Esas tres cosas pueden comunicarse en las primeras semanas sin requerir acciones irreversibles. Pero requieren preparación previa, no improvisación reactiva.
La paradoja del modelo actual es que los directorios están reduciendo el margen de error en la fase de transición, pero muy pocos están invirtiendo en la infraestructura que haría esa reducción viable. Presionar por resultados inmediatos sin construir el andamiaje de orientación previa equivale a exigir precisión en una operación sin proporcionar los instrumentos de diagnóstico. El resultado más frecuente no es un CEO que falla por incompetencia. Es un CEO que actúa con información incompleta porque nadie diseñó el mecanismo para que llegara orientado.
El mandato que nadie pone por escrito
La presión sobre los directorios no viene de afuera solamente. Los datos del entorno refuerzan el argumento de Rosenberg: Cowen Partners reporta que el 84% de los nuevos CEOs del S&P 1500 en 2025 eran personas en ese cargo por primera vez. Eso significa que la mayoría de las transiciones ejecutivas en compañías de ese tamaño involucran a alguien que no tiene experiencia previa gestionando el conjunto de tensiones que implica el cargo. Y eso ocurre justo cuando los directorios decidieron comprimir el margen de aprendizaje.
La combinación no es irreconciliable, pero sí exige una respuesta organizacional que la mayoría de las juntas no está articulando con suficiente claridad. Spencer Stuart recomienda que los CEOs tengan un primer borrador de estrategia en los primeros seis meses y que las acciones tempranas construyan credibilidad. Russell Reynolds señala que la relación entre CEO y directorio debe comenzar a construirse antes del inicio formal del cargo, con reuniones individuales para calibrar expectativas mutuas. Son recomendaciones razonables, pero no constituyen un sistema. Son buenas prácticas dispersas en ausencia de un diseño institucional que las sostenga.
El punto de fondo es que la eliminación del período de gracia no fue una decisión de gobernanza deliberada y coordinada. Fue una erosión progresiva de tolerancia que los directorios adoptaron de forma reactiva frente a entornos más exigentes, sin construir simultáneamente la infraestructura de soporte que haría esa exigencia sostenible. El trabajo de orientación previa que describe Rosenberg existe y funciona, pero depende de que la firma de búsqueda lo ofrezca y de que el directorio entienda su valor. No es una expectativa estándar del proceso de transición ejecutiva.
Esa brecha entre exigencia y soporte es, a fin de cuentas, una falla de diseño organizacional, no de calidad ejecutiva. Los directorios que la reconozcan y construyan deliberadamente la estructura de orientación previa van a tener mejores transiciones, no porque contraten mejores CEOs, sino porque van a aprovechar mejor a los que ya contrataron. Los que continúen presionando por resultados inmediatos sin invertir en ese andamiaje seguirán atribuyendo a la persona lo que es, en buena medida, una consecuencia del sistema que ellos mismos diseñaron.











