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Por qué el 65% de las empresas reescribe su modelo cada dos años y aun así falla en ejecutarlo

Por qué el 65% de las empresas reescribe su modelo cada dos años y aun así falla en ejecutarlo

Hay algo revelador en que una encuesta a más de 700 ejecutivos de alto nivel, en 12 países, produzca como hallazgo central una brecha que cualquier director de operaciones reconocería al instante: las organizaciones saben que deben cambiar, aprueban el cambio, lo enmarcan en una estrategia, y luego no pasan de ahí. El Project Management Institute acaba de publicar los resultados de esa investigación, junto con un Manifiesto para la Agilidad Empresarial desarrollado en colaboración con Agile Alliance, y los números que emergen no son los de una industria en proceso de maduración. Son los de una industria con un problema de diseño estructural que lleva años sin diagnóstico preciso.

Ignacio SilvaIgnacio Silva3 de julio de 20269 min
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Por qué el 65% de las empresas reescribe su modelo cada dos años y aun así falla en ejecutarlo

Hay algo revelador en que una encuesta a más de 700 ejecutivos de alto nivel, en 12 países, produzca como hallazgo central una brecha que cualquier director de operaciones reconocería al instante: las organizaciones saben que deben cambiar, aprueban el cambio, lo enmarcan en una estrategia, y luego no pasan de ahí. El Project Management Institute acaba de publicar los resultados de esa investigación, junto con un Manifiesto para la Agilidad Empresarial desarrollado en colaboración con Agile Alliance, y los números que emergen no son los de una industria en proceso de maduración. Son los de una industria con un problema de diseño estructural que lleva años sin diagnóstico preciso.

El dato más incómodo no es que el 93% de los ejecutivos senior reconozca que los modelos operativos deben ser revisados al menos cada cinco años. Ese porcentaje solo indica que hay consenso intelectual sobre la necesidad del cambio, lo cual cuesta poco. El dato que importa es el siguiente: el 65% de las organizaciones ya está reescribiendo sus enfoques de negocio cada dos años o menos, y aun así el 35% de los CEOs identifica como principal barrera una desconexión entre la planificación y la ejecución. Dos años de ciclo de reinvención, con el 35% de los máximos responsables admitiendo que no llegan a implementar lo que planifican. Eso no es un problema de velocidad. Es un problema de arquitectura.

El mapa que nadie está siguiendo

Existe una distinción que la investigación del PMI no formula explícitamente pero que atraviesa todos sus hallazgos: la diferencia entre organizaciones que tienen una estrategia de cambio y organizaciones que han construido una capacidad de cambio. Son cosas distintas, con estructuras distintas, y se miden con métricas distintas.

Una estrategia de cambio es un documento, un conjunto de iniciativas, un calendario de transformación. Una capacidad de cambio es una condición operativa: la organización puede detectar señales, reasignar recursos, tomar decisiones descentralizadas y ejecutar en ciclos cortos sin necesidad de que cada movimiento suba y baje por la jerarquía completa. La primera se puede producir en una semana de trabajo directivo. La segunda tarda años en construirse y se destruye con rapidez cuando el diseño organizacional no la sostiene.

Lo que el PMI describe como "reinvención como ritmo" apunta exactamente a esto. Giles Lindsay, director de información en Agile Delta, lo formula con precisión cuando dice que la reinvención "se convierte en una capacidad, no en un programa." Pero el salto desde la afirmación hasta la estructura que lo hace posible es exactamente donde el 35% de los CEOs encallados en la brecha planificación-ejecución está atascado. Enunciar que la reinvención debe ser continua es fácil. Diseñar los mecanismos de gobierno, los ciclos de revisión, los umbrales de decisión autónoma y las métricas que acompañan cada etapa del proceso es otra cosa. La mayoría de los modelos operativos existentes fueron construidos para estabilidad y escala, no para ciclos de dos años. Cuando se les pide que soporten reinvención permanente sin modificar su estructura interna, crujen.

La investigación del PMI registra que la tasa de cambio en seis factores simultáneos (tecnología, talento, economía, geopolítica, clima y comportamiento del consumidor) creció un 183% desde 2019, y que el 88% de los líderes de alta dirección espera que ese ritmo se acelere. Lo que no registra con la misma claridad es cuántas de esas organizaciones han modificado su arquitectura de toma de decisiones para absorber esa velocidad. Aprobar una estrategia de transformación cada dos años sin rediseñar cómo se toman las decisiones operativas es como cambiar el destino del vuelo sin tocar los motores.

Los silos no son un problema cultural, son un problema de diseño

Aproximadamente uno de cada cuatro CEOs encuestados identificó la presencia de silos funcionales y la ausencia de responsabilidad compartida como obstáculo central para la agilidad empresarial. Es un diagnóstico que suena familiar porque lleva dos décadas apareciendo en los informes de transformación organizacional. Lo que cambia es la interpretación.

Los silos no son principalmente un problema cultural que se resuelve con talleres de colaboración o mensajes de liderazgo sobre objetivos compartidos. Son el resultado predecible de sistemas de incentivos, estructuras de reporte y métricas diseñadas para optimizar el desempeño de funciones individuales, no el resultado agregado de la organización. Cuando el director de marketing es evaluado por métricas de adquisición, el director de operaciones por eficiencia de costos y el director de tecnología por disponibilidad de sistemas, la coordinación entre ellos no ocurre de forma natural. Ocurre a pesar del diseño, no gracias a él.

Howard Yu, profesor de IMD Business School, señala que las organizaciones más ágiles están "siempre dos o tres pasos por delante de la competencia." Lo que no siempre se dice es que esa ventaja no proviene de equipos más talentosos ni de culturas más innovadoras en abstracto, sino de estructuras que permiten que la información fluya horizontalmente, que las decisiones se tomen cerca del problema y que los recursos se reasignen sin que cada movimiento requiera aprobación ejecutiva. La ventaja competitiva de la agilidad es, en su raíz, una ventaja de velocidad de decisión. Y la velocidad de decisión depende de cómo está diseñada la estructura, no de cuánto se habla de colaboración en las reuniones de liderazgo.

El Manifiesto para la Agilidad Empresarial que PMI y Agile Alliance están lanzando apunta a establecer este nivel de análisis como estándar en juntas directivas y equipos de alta dirección. El movimiento tiene sentido histórico: el Manifiesto Ágil original de 2001 nació en el ámbito del desarrollo de software y tardó más de una década en infiltrarse en la gestión general de organizaciones. Esta versión ampliada está diseñada para operar desde el principio en el nivel donde se toman las decisiones de modelo operativo. La pregunta no es si el marco tiene valor conceptual, sino si las organizaciones que lo adopten lo usarán para auditar su diseño estructural o simplemente para respaldar narrativas de transformación que ya existían.

La señal que más incomoda a un arquitecto organizacional

Hay un dato en la investigación del PMI que merece más atención de la que ha recibido en el análisis público del informe. La proporción de organizaciones que se califican con alta agilidad pasó del 35% en 2021 al 44% en 2024. A primera vista, parece progreso. Y en parte lo es. Pero colocado junto a los otros números del mismo estudio, produce una tensión que vale la pena examinar.

Si el 44% de las organizaciones declara alta agilidad, y al mismo tiempo el 35% de los CEOs admite una brecha entre planificación y ejecución, y el 25% identifica silos funcionales como obstáculo principal, algo no cierra. O bien las organizaciones que se califican como altamente ágiles tienen problemas estructurales que su propia percepción no detecta, o bien la definición operativa de "alta agilidad" está capturando algo distinto a la capacidad real de ejecutar transformación. Ambas posibilidades son preocupantes, aunque por razones diferentes.

La primera implica que el progreso en agilidad es parcialmente ilusorio: los equipos adoptan rituales ágiles, los líderes aprenden el lenguaje, los reportes reflejan mejora, pero los mecanismos que generan la brecha (métricas de función sobre métricas de empresa, decisiones centralizadas, ciclos de presupuesto anuales que no se alinean con ciclos de revisión estratégica bimensuales) permanecen intactos. La segunda implica que el estándar de medición necesita calibrarse mejor para distinguir entre organizaciones que han adoptado prácticas ágiles y organizaciones que han rediseñado su arquitectura operativa para sostener transformación continua.

Los datos del Boston Consulting Group citados en la investigación aportan una perspectiva complementaria: la probabilidad de éxito de una transformación es un 70% mayor cuando el liderazgo está alineado en el alcance y comunica activamente a los empleados por qué deben ser parte del cambio. Ese número es importante no tanto como celebración del liderazgo sino como indicador de cuánta varianza sigue concentrada en la cúspide de la organización. Una arquitectura organizacional verdaderamente distribuida debería reducir, no mantener, la dependencia de la alineación del liderazgo como variable determinante de éxito. Que el 70% de la diferencia entre transformaciones exitosas y fallidas siga explicándose por lo que hacen o dejan de hacer los tres o cuatro ejecutivos más altos de la empresa sugiere que el modelo operativo que la mayoría de estas organizaciones está intentando transformar sigue siendo, en su núcleo, jerárquico y centralizado.

Lo que se construye versus lo que se declara

Hay una diferencia que la mayoría de los informes sobre transformación organizacional tiende a difuminar porque resulta incómoda para todos los involucrados. La diferencia entre declarar que la reinvención es continua y construir la infraestructura operativa que hace posible que lo sea.

Declarar es relativamente costoso en términos de tiempo directivo y relativamente barato en términos de diseño organizacional. Construir requiere lo contrario: modificar estructuras de reporte, rediseñar sistemas de métricas, distribuir presupuestos con horizontes temporales distintos según la etapa de cada iniciativa, establecer mecanismos de revisión que no colapsen el aprendizaje temprano con los criterios de rendimiento del negocio maduro. Requiere, en suma, hacer el trabajo que nadie ve pero que determina si lo que se declaró se ejecuta.

La investigación del PMI documenta con precisión el estado del primer nivel: el consenso sobre la necesidad de cambio es casi universal, el lenguaje de la transformación está ampliamente adoptado, y los líderes más citados hablan con claridad sobre cultura de experimentación y seguridad psicológica. Lo que queda fuera del foco es el segundo nivel: la auditoría estructural de cuántas de estas organizaciones han modificado de forma concreta sus modelos de gobierno, sus ciclos presupuestarios, sus sistemas de métricas y su distribución de autonomía decisional para sostener lo que declaran.

David Dabscheck, CEO de GIANT Innovation, sostiene que "la reinvención prospera en culturas donde las personas se sienten seguras para experimentar y aprender." Eso es correcto, y no es trivial. Pero la seguridad psicológica para experimentar en culturas donde el presupuesto de innovación se revisa con los mismos criterios de rentabilidad que el negocio central tiene una vida media muy corta. Los equipos aprenden rápidamente que el espacio para fallar y aprender existe mientras los experimentos no consumen recursos visibles ni producen resultados que contrasten con el desempeño del negocio establecido. En cuanto lo hacen, el diseño organizacional existente activa sus mecanismos de protección naturales.

El problema no es que los líderes no quieran crear esos entornos. El problema es que los modelos operativos no están rediseñados para que esos entornos sean sostenibles cuando el experimento empieza a escalar y a competir por recursos con el negocio que paga las facturas.

El modelo operativo no se reinventa con un manifiesto

La publicación del Manifiesto para la Agilidad Empresarial, con todo su respaldo institucional y su anclaje en datos de 700 ejecutivos, representa un avance real en la formalización del problema. Nombrar con precisión una brecha estructural es un paso necesario para cerrarla. Pero la distancia entre un manifiesto de liderazgo y una modificación concreta del modelo operativo de una organización grande es la misma distancia que separa el 93% de consenso ejecutivo sobre la necesidad de cambio del 35% de CEOs que no consiguen ejecutarlo.

Lo que la investigación del PMI revela, leída desde el diseño organizacional en lugar de desde la gestión de proyectos, es que el déficit central de la mayoría de las grandes organizaciones no es de ambición ni de vocabulario estratégico, sino de ingeniería operativa: la capacidad de construir estructuras que conviertan la intención de transformación en decisiones tomadas en el lugar correcto, con las métricas correctas, en el momento correcto.

Cuando el 65% de las organizaciones ya reescribe su modelo cada dos años y aun así no logra cerrar la brecha entre lo que decide y lo que implementa, el problema no está en el ritmo de la reinvención. El problema está en que la arquitectura que debería sostener esa reinvención nunca fue rediseñada. Y un modelo operativo que no fue construido para cambiar no se vuelve ágil porque sus líderes firmen un manifiesto que lo pida.

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