La seguridad aeroportuaria no puede financiarse con deuda personal: el cierre de DHS como prueba de liderazgo operativo

La seguridad aeroportuaria no puede financiarse con deuda personal: el cierre de DHS como prueba de liderazgo operativo

Cuando 92% de una agencia “esencial” trabaja sin salario, no hay épica pública que aguante. Hay un diseño de decisiones que traslada el riesgo financiero al eslabón más débil y rompe la confiabilidad del sistema.

Ricardo MendietaRicardo Mendieta28 de febrero de 20266 min
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La seguridad aeroportuaria no puede financiarse con deuda personal: el cierre de DHS como prueba de liderazgo operativo

El cierre de financiamiento del Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos (DHS), iniciado el 14 de febrero de 2026, está volviendo a exponer una verdad incómoda: el país puede declarar “esencial” a casi toda una fuerza laboral y aun así tratar su nómina como variable de ajuste político. Según la cobertura disponible, aproximadamente 92% de los empleados del DHS —incluidos agentes de la Administración de Seguridad en el Transporte (TSA), personal de la Guardia Costera, FEMA y otros— siguen trabajando sin pago porque sus funciones se consideran críticas para proteger vida y propiedad. La factura humana no tarda en transformarse en factura operativa.

En TSA, representantes sindicales reportan que algunos trabajadores consideran reportarse enfermos o renunciar, arrastrando además deuda del cierre anterior. En otras unidades del DHS ya aparecen adaptaciones de supervivencia: rotación de días de licencia voluntaria, teletrabajo en emergencias para reducir costos de traslado, y un desgaste explícito de moral que erosiona productividad. En paralelo, el sector viajes mira el tablero con nerviosismo: la propia dinámica de seguridad aeroportuaria depende de un ritmo estable y predecible. Cuando ese ritmo se interrumpe por estrés financiero del personal, el impacto no se queda en el control de equipaje: se propaga a aerolíneas, aeropuertos, turismo y confianza del pasajero.

Este cierre es el tercero del año fiscal 2026, y aunque existe una garantía legal de pagos retroactivos en precedentes recientes, la tensión no desaparece por promesas futuras. La operación diaria ocurre en el presente: renta, gasolina, guardería, créditos. En liderazgo, esa diferencia entre “algún día” y “hoy” define si el sistema aguanta o se rompe.

El error de diseño: declarar esencial a la operación y prescindible a la nómina

El cierre de DHS no es solo una disputa presupuestaria; es un estrés test del diseño de continuidad operativa. El Estado está intentando sostener una función crítica —seguridad de transporte, respuesta a desastres, operaciones marítimas— con un mecanismo que degrada el incentivo básico de desempeño: pagar.

La evidencia cualitativa que emerge en la cobertura es suficiente para diagnosticar el patrón. Un trabajador del DHS describe rotación de días de licencia voluntaria y ajustes para teletrabajo en emergencias, con el objetivo explícito de recortar costos de traslado, incluido un caso de 80 millas diarias de viaje. Un empleado civil de la Guardia Costera reconoce que no se recuperó del cierre anterior antes de entrar a este, y que la ayuda de familiares y amigos con alimentos se vuelve parte del sostén. Esa no es una anécdota aislada; es el síntoma típico de un sistema que terceriza su financiamiento hacia el bolsillo del empleado.

En TSA, el riesgo es todavía más directo: el servicio depende de dotación en sitio, turnos rígidos y una cadena de operación que no tolera “huecos” sin efectos en fila, tiempos y tensión con pasajeros. Si se materializan ausencias masivas por enfermedad reportada o renuncias, el impacto inmediato serán demoras y cuellos de botella. El resultado más probable no es el colapso total, sino lo que destruye marcas y confianza: degradación gradual, inconsistente y visible.

Desde liderazgo, aquí hay una renuncia que no se hizo. Si el objetivo político era presionar una negociación, se eligió no proteger la continuidad de la primera línea. Se priorizó el conflicto por encima del diseño operativo. Y en sistemas críticos, esa elección se cobra con intereses.

Lo que el sector viajes aprende a la fuerza: la confiabilidad es un activo, no un supuesto

El sector viajes suele tratar la seguridad aeroportuaria como infraestructura “dada”. No se negocia con TSA como se negocia con un proveedor, ni se reemplaza rápido como un servicio tercerizable. Precisamente por eso, el impacto del cierre se vuelve sistémico.

La Asociación de Viajes de Estados Unidos ha cuantificado en episodios anteriores pérdidas económicas superiores a 6 mil millones de dólares asociadas a cierres y disrupciones vinculadas a la fuerza laboral y a la desaceleración operativa. No hace falta inventar un número nuevo para 2026: el mecanismo es el mismo. Cuando el aeropuerto pierde fluidez, la aerolínea absorbe costos por reacomodos, horas extras y operaciones fuera de secuencia; el aeropuerto gestiona congestión y quejas; hoteles y operadores turísticos sufren cancelaciones o demanda diferida; el viajero reduce viajes futuros por fricción acumulada.

En esta ocasión, el cierre se concentra en DHS, mientras otras agencias federales estarían financiadas hasta septiembre de 2026. Esa focalización crea una ilusión peligrosa: como “solo” es DHS, el sistema debería resistir. En realidad, concentrar el impacto en seguridad y emergencia es como recortar mantenimiento en la pieza que sostiene todo el peso. En aviación, los retrasos rara vez son lineales; se vuelven cascada.

Hay además un daño silencioso que el C-Level entiende bien: reclutamiento y retención. DHS ya habría testificado que el cierre daña contratación, moral y proyectos de largo plazo. Traducido al lenguaje del negocio: aumenta el costo de reemplazo, baja la curva de aprendizaje promedio y eleva la probabilidad de incidentes operativos. Ningún aeropuerto ni aerolínea quiere que el “sistema” sea rehén de una nómina impaga. Pero esa es exactamente la arquitectura real cuando la gente esencial trabaja sin sueldo.

Liderazgo real en crisis: coordinar decisiones coherentes, no administrar heroicidades

La discusión pública suele enmarcar estos cierres como un pulso político entre Casa Blanca y Congreso. En la cobertura citada, la secretaria de prensa de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, atribuye el cierre a la obstrucción demócrata; Craig Carter, de la Federal Managers Association, lo describe como una forma inaceptable de tratar a empleados dedicados. Ambas declaraciones son consistentes con el guion habitual: culpas cruzadas y apelación a sacrificio.

La pregunta operacional, sin embargo, es más fría: qué decisiones se activan cuando la continuidad depende de personas que dejan de cobrar. El DHS y sus unidades ya están improvisando micro-soluciones: días voluntarios sin trabajar para ahorrar dinero, teletrabajo excepcional para evitar costos, pausas de entrenamiento, aeronaves en tierra, pagos de recuperación demorados. Son parches comprensibles, pero también son evidencia de que el sistema entra en modo racionamiento.

En liderazgo, racionar requiere tres cosas que rara vez conviven en política y sí en empresas bien gestionadas: priorización explícita, protección del eslabón crítico y disciplina para recortar lo accesorio. En TSA, lo crítico es dotación y presencia. En FEMA, la capacidad de ejecutar pagos y coordinar recuperación. En Guardia Costera, operaciones y preparación, aunque ya se reportan recortes de entrenamiento. Cuando el ajuste se vuelve horizontal y difuso, se crea el peor escenario: todo se hace a medias, y lo esencial queda expuesto.

La lección para cualquier C-Level que dependa de infraestructura regulatoria o servicios públicos es incómoda pero útil. La resiliencia no se “declara”; se compra con decisiones previas: liquidez, redundancias, acuerdos operativos, planes para picos de retraso, comunicación con clientes, y presupuestos que asumen fricción. Si una aerolínea o un operador turístico modela su temporada bajo el supuesto de fluidez constante del control de seguridad, está apostando contra la evidencia.

La decisión ejecutiva que separa a los sistemas serios de los frágiles

El cierre de DHS seguirá hasta que exista acuerdo presupuestario, con el Congreso regresando de receso la próxima semana según la información disponible. La primera nómina completa perdida para muchos empleados llegaría a inicios de marzo de 2026, lo que tiende a intensificar ausentismo y renuncias. Ese calendario importa porque la moral no se erosiona en abstracto; se rompe cuando la cuenta bancaria marca cero.

Para el C-Level en transporte, turismo, retail aeroportuario o logística, este episodio reafirma un principio operativo: la confiabilidad es el producto, y su insumo principal es la estabilidad de quienes ejecutan el servicio crítico. Si el sistema público decide no financiar su continuidad, el privado solo puede responder con diseño: buffers de tiempo, reacomodos automatizados, comunicación proactiva, flexibilidad comercial y planes de capacidad para picos.

Para el liderazgo público, el aprendizaje es más duro. Se puede negociar política migratoria, reformas y presupuestos, pero no se puede sostener una función crítica financiándola con la precariedad del trabajador esencial. Eso no es austeridad; es trasladar riesgo financiero a quien menos margen tiene, y pagar después en retrasos, rotación y deterioro de servicio.

La disciplina ejecutiva se mide por las renuncias que se asumen a tiempo: recortar lo que no es crítico, proteger lo que sostiene la operación y aceptar el costo político de priorizar. El éxito sostenido exige elegir con firmeza qué no hacer, porque intentar mantener todo abierto mientras se deja a la primera línea sin salario solo acelera la fragilidad y acerca la irrelevancia.

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