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Por qué el 70% de las transformaciones organizacionales fallan antes de comenzar

Por qué el 70% de las transformaciones organizacionales fallan antes de comenzar

Existe una estadística que lleva décadas circulando en salas de juntas sin provocar la incomodidad que merece: entre el 60 y el 75 por ciento de los grandes procesos de transformación organizacional fracasan o quedan muy por debajo de sus objetivos declarados. El dato no es nuevo. Lo que sí es nuevo —o debería serlo— es empezar a tomarlo en serio como un síntoma de algo estructural en la manera en que el liderazgo concibe el cambio.

Simón ArceSimón Arce14 de mayo de 20268 min
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Por qué el 70% de las transformaciones organizacionales fallan antes de comenzar

Existe una estadística que lleva décadas circulando en salas de juntas sin provocar la incomodidad que merece: entre el 60 y el 75 por ciento de los grandes procesos de transformación organizacional fracasan o quedan muy por debajo de sus objetivos declarados. El dato no es nuevo. Lo que sí es nuevo —o debería serlo— es empezar a tomarlo en serio como un síntoma de algo estructural en la manera en que el liderazgo concibe el cambio.

Julia Dhar, directora general y socia de Boston Consulting Group y fundadora del Laboratorio de Ciencias del Comportamiento de esa firma, publicó junto a Kristy Ellmer y Philip Jameson el libro How Change Really Works: Seven Science-Based Principles for Transforming Your Organization. En una entrevista reciente para el podcast HBR IdeaCast, Dhar articula con precisión el diagnóstico que muchos ejecutivos intuyen pero raramente formulan con esta claridad: el problema de la transformación no está en la estrategia, está en el comportamiento. Y más específicamente, está en la distancia entre quienes diseñan el cambio y quienes deben vivirlo.

Esta distinción no es un matiz. Es la diferencia entre una iniciativa que deja huella y una que consume millones en honorarios de consultoría, presentaciones en PowerPoint y reuniones de alineación para luego disolverse silenciosamente en la inercia del sistema.

El diseño y la adopción no son lo mismo

Hay una lógica oculta detrás de cómo los equipos directivos gestionan las transformaciones. Se invierte una cantidad desproporcionada de tiempo y dinero en el diagnóstico estratégico, en el diseño del nuevo modelo operativo, en los talleres de visión y en la arquitectura del cambio. Una vez que esa fase concluye, la suposición implícita es que la implementación seguirá naturalmente. Que si la estrategia es buena, la organización la adoptará.

Esa suposición es la madre de la mayoría de los fracasos.

Dhar introduce el concepto de take-up —la probabilidad real de que las personas hagan lo que el programa espera que hagan— como una variable que casi nunca se audita con rigor. La pregunta que pocas organizaciones se formulan antes de lanzar un proceso de transformación es esta: ¿Es probable que las personas a quienes pedimos cambiar de comportamiento realmente lo hagan? Y si la respuesta honesta es "no lo sabemos", entonces el caso de negocio completo descansa sobre un supuesto sin verificar.

Esto no es un problema de comunicación interna ni de gestión del cambio en el sentido cosmético del término. Es un problema de arquitectura decisional. Cuando un equipo ejecutivo aprueba un proceso de transformación, está implícitamente asumiendo que existe capacidad de adopción en la organización. Si esa capacidad no ha sido evaluada —si nadie ha preguntado qué comportamientos específicos se requieren, de quiénes, con qué incentivos, y con qué barreras reales— entonces la transformación está sobredimensionada desde el principio.

La investigación de Dhar con 6,000 personas en doce países revela algo que contradice el cliché directivo de que "la gente no quiere cambiar". El 45 por ciento de los empleados en posiciones no ejecutivas siente de manera instintiva una predisposición positiva o muy positiva hacia el cambio. Entre los ejecutivos, ese número sube al 70 por ciento. La brecha es real, pero el punto crítico es este: la mayoría de las personas no son alérgicas al cambio. Son alérgicas a cambios mal explicados, mal diseñados o que perciben como ajenos a sus propios intereses o capacidades.

Cuando una transformación se topa con resistencia, el diagnóstico ejecutivo más frecuente es "la gente no quiere cambiar". Ese diagnóstico es cómodo porque desplaza la responsabilidad hacia abajo. Pero casi nunca es preciso. Lo que hay debajo de la resistencia, en la mayoría de los casos, es una mezcla de ansiedad genuina, falta de claridad sobre lo que se espera, ausencia de incentivos coherentes o percepción de que los que lideran el proceso no llevan ningún costo personal en él.

La alineación falsa como riesgo silencioso

Uno de los patrones más costosos que observo en organizaciones de mediano y gran tamaño es lo que podríamos llamar alineación performativa: ese estado en el que los miembros del equipo directivo expresan verbalmente su compromiso con una iniciativa mientras internamente mantienen reservas que nunca verbalizan. No porque sean deshonestos. Sino porque el costo de disentir, en muchos contextos organizacionales, es percibido como más alto que el de callar.

Dhar lo plantea de manera directa: antes de expandir una iniciativa, el primer paso es preguntarse si lo que existe es acuerdo genuino o alineación falsa. Su propuesta táctica es deliberadamente de bajo costo: pedir a los miembros del equipo núcleo que escriban en papel qué es exactamente lo que acordaron hacer y cómo funcionará. Si las respuestas no convergen, no existe un programa de transformación. Existe una ficción colectiva con financiamiento asignado.

Este ejercicio incomoda precisamente porque expone lo que la dinámica de grupo había enterrado. En la mayoría de las reuniones ejecutivas, el silencio al final de una presentación se interpreta como consenso. Pero el silencio puede ser muchas cosas: duda, fatiga, cálculo político, incertidumbre sobre las implicaciones para el propio rol. Ninguna de esas cosas es alineación.

El costo de operar sobre alineación falsa no se ve de inmediato. Aparece tres o seis meses después, cuando los mensajes que llegan a la organización son inconsistentes porque cada miembro del equipo directivo está interpretando el mandato a su manera. Cuando las decisiones de asignación de recursos contradicen las prioridades declaradas. Cuando el patrocinador ejecutivo de la iniciativa deja de asistir a las reuniones de seguimiento porque su atención ya migró hacia otra urgencia.

Dhar menciona este último punto como una señal de alarma temprana que se ignora sistemáticamente: un ejecutivo que deja de aparecer en las reuniones del programa no por emergencia sino por desinterés. Es quizás la señal más honesta sobre el estado real de una transformación, y también la más políticamente incómoda de nombrar.

El momentum no es un accidente, es una decisión

La segunda variable que se subestima crónicamente en la planificación de transformaciones es el momentum. No como metáfora motivacional, sino como recurso organizacional que se puede administrar deliberadamente.

Dhar hace una distinción que vale subrayar: el problema con muchas transformaciones no es que se vuelven caóticas en la etapa intermedia. Es que se vuelven aburridas. Los ejecutivos que diseñaron el cambio ya lo tienen incorporado cognitivamente y su energía se desplazó hacia el próximo desafío. Los empleados, en cambio, siguen en medio de un proceso de adopción que requiere esfuerzo sostenido. Y lo que el liderazgo diagnostica como "fatiga del cambio en la organización" es frecuentemente, en términos más precisos, abandono ejecutivo del proceso.

El momentum no se sostiene solo con entusiasmo en el lanzamiento. Se construye con una cadencia deliberada de señales: victorias tempranas que se comunican con más énfasis del que parece necesario, rituales de seguimiento que no dependen de la disponibilidad de un sponsor particular, reconocimiento visible de los comportamientos que la transformación busca instalar. Ninguna de estas cosas es sofisticada. Pero todas requieren disciplina, que es exactamente lo que escasea cuando el liderazgo ha migrado su atención a la siguiente prioridad.

El caso de Delta Air Lines que cita Dhar ilustra bien este principio. La aerolínea, saliendo de su período de quiebra con más de 100,000 empleados en operación, institucionalizó una práctica que persiste hasta hoy: ejecutivos y líderes de la organización dedican tiempo regular a estar presencialmente con empleados operativos —tripulación de cabina, mecánicos, agentes de check-in, manejadores de equipaje— para escucharlos, reconocerlos y ser visibles. La lógica detrás de esto no es sentimental. Es una teoría de cambio explícita: si el liderazgo cuida a los empleados, los empleados cuidan a los clientes, y los clientes satisfechos producen resultados financieros sostenibles.

Lo notable de este ejemplo no es la práctica en sí. Es que fue diseñada como estructura, no como iniciativa. No depende de la buena voluntad de un CEO en particular ni de una temporada de alta cultura organizacional. Fue construida para generar su propio momentum, con incentivos alineados —como participación en utilidades— que hacen coherente el mensaje con la experiencia.

La conversación que nadie tiene a tiempo

Debajo de cada transformación que fracasa hay, invariablemente, una conversación que no ocurrió cuando debía. A veces es la conversación entre el CEO y su equipo sobre si realmente hay acuerdo en los objetivos o solo en la narrativa. A veces es la que alguien debía tener con la organización sobre el costo real que implica el cambio pedido, en lugar de vender una versión suavizada para evitar resistencia inicial. A veces es la conversación interna que un líder evita consigo mismo sobre si lo que llama "resistencia organizacional" no es, en parte, el reflejo de sus propias inconsistencias.

La ciencia conductual que fundamenta el trabajo de Dhar no es un conjunto de trucos para hacer el cambio más digerible. Es un sistema de diagnóstico que obliga a formular preguntas incómodas antes de que el programa cobre impulso: ¿Quiénes específicamente deben cambiar su comportamiento? ¿Qué comportamientos, con qué precisión? ¿Tienen los incentivos correctos para hacerlo? ¿Existen barreras concretas que nadie ha nombrado porque hacerlo implica cuestionar decisiones ya tomadas?

Cuando un equipo directivo puede responder esas preguntas con especificidad y honestidad, la probabilidad de éxito no está garantizada, pero sube de manera medible. Cuando no puede responderlas, lo que tiene no es una transformación en marcha. Tiene un proceso de gasto bien intencionado con fecha de caducidad incorporada.

La estadística del 70 por ciento de fracasos lleva décadas siendo citada en conferencias y artículos académicos sin que los patrones de fondo cambien de manera sustancial. La hipótesis más plausible para esa persistencia no es que los líderes sean incompetentes o que las estrategias sean malas. Es que el sistema de incentivos que rodea a las transformaciones —incluidos los consultores que las diseñan, los ejecutivos que las patrocinan y las juntas que las aprueban— favorece consistentemente el diseño elegante sobre la adopción honesta. Y mientras esa distorsión no se nombre con claridad, el número no va a moverse.

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