Millones de pozos abandonados pueden valer más activos que pasivos
Durante décadas, la industria petrolera perforó el subsuelo estadounidense con una lógica simple: extraer, vender, abandonar. Lo que quedó atrás fue una herencia difícil de cuantificar y casi imposible de gestionar: millones de pozos inactivos dispersos por todo el territorio, muchos sin propietario oficial, filtrando metano a la atmósfera y contaminantes al agua subterránea. Oklahoma, por poner el caso más ilustrativo, tiene identificados más de 20.000 de estos pozos. Las autoridades estatales calculan que sellarlos todos tomaría 235 años y cientos de millones de dólares. Tapar un solo pozo puede costar entre 75.000 y 150.000 dólares, dependiendo de la profundidad, el estado del revestimiento y las complicaciones geológicas locales.
Durante mucho tiempo, la única respuesta institucional a ese inventario fue el sellado: una obligación de limpieza sin ningún retorno. Pero algo está cambiando en la estructura de esa lógica. Estados como Oklahoma, Nuevo México, Alabama, Dakota del Norte y Colorado están explorando si esos pozos —ya perforados, con datos del subsuelo ya recolectados— pueden convertirse en infraestructura para producción geotérmica o almacenamiento de energía. La pregunta no es solo técnica. Es sobre qué tipo de activo tiene ante sí el sistema cuando las condiciones cambian.
El pasivo que puede dejar de serlo
Lo que está ocurriendo en varios estados del país es un reencuadre del problema. La Ley de Reutilización de Pozos que ya pasó la Cámara de Oklahoma en marzo de 2026, y que el Senado estatal está evaluando, propone permitir que empresas privadas adquieran pozos abandonados y los reconviertan para generación geotérmica o almacenamiento energético subterráneo. El modelo tomó como referencia una ley similar que Nuevo México adoptó el año anterior para sus más de 2.000 pozos huérfanos.
Dave Tragethon, director de comunicaciones de la organización sin fines de lucro Well Done Foundation, que trabaja en identificar y sellar pozos abandonados en todo el país, capturó la mecánica de la manera más precisa: si hay valor, hay más disposición a ocuparse del problema y más capacidad de atraer financiamiento. Esa frase condensa algo estructural. Durante años, los pozos abandonados fueron tratados como deudas sin contraparte. Lo que está pasando ahora es que un conjunto de condiciones —mayor demanda de energía, avances en perforación horizontal, subsídio bipartidista a la geotermia, y un mercado de almacenamiento que crece por la intermitencia solar y eólica— está cambiando el denominador de ese cálculo.
Alabama aprobó legislación el mes pasado que habilita al estado a regular y autorizar la conversión de pozos de petróleo y gas en fuentes de energía alternativa, incluida la geotérmica. Colorado acaba de lanzar un estudio técnico para evaluar el potencial de reconvertir pozos para desarrollo geotérmico y captura y almacenamiento de carbono. Dakota del Norte adoptó una ley el año pasado que ordena al Consejo Legislativo estudiar la viabilidad del uso de pozos no productivos para generar energía geotérmica. Ninguno de estos estados está apostando todavía a la comercialización masiva; todos están construyendo el marco legal e informacional que haría posible esa apuesta más adelante.
La señal más importante no está en ningún proyecto puntual, sino en el patrón legislativo: estados con gobiernos republicanos y demócratas están tomando decisiones similares sobre el mismo tipo de infraestructura. Eso sugiere que la presión para resolver el problema de los pozos abandonados —una combinación de pasivo ambiental, methane leakage, responsabilidad fiscal incierta y presión regulatoria federal— se está volviendo suficientemente pesada como para que la conversión energética parezca más atractiva que el sellado puro.
Qué hace que la conversión geotérmica sea difícil
La imagen de un pozo ya perforado que solo hay que reconectar a un sistema de captación de calor es técnicamente seductora pero no del todo honesta. Los pozos de petróleo y gas suelen alcanzar temperaturas relativamente bajas o medias en el subsuelo. Para los sistemas geotérmicos que generan electricidad, la temperatura del recurso es determinante: cuanto más caliente, más energía se puede extraer. La mayoría de los pozos abandonados de la gran llanura central no son candidatos naturales para generación eléctrica a gran escala.
Hay además problemas de volumen. Los pozos fósiles generalmente producen menores cantidades de fluido que las que necesita un sistema geotérmico para mover turbinas o transferir calor de manera eficiente a edificios. Y existe el problema químico: los fluidos presentes en los reservorios del subsuelo pueden contener elementos que contaminan los fluidos de trabajo del sistema geotérmico, lo cual requiere pasos adicionales de ingeniería y materiales especiales.
Emily Pope, geóloga e investigadora del Center for Climate and Energy Solutions, autora de un estudio reciente sobre energía geotérmica de próxima generación, fue directa al respecto: la conversión de pozos de petróleo y gas representa una oportunidad enorme, pero está bastante lejos tecnológicamente de ser una realidad generalizable. Los obstáculos todavía son considerables, aunque vale la pena invertir en investigación y desarrollo para avanzar.
Esto sitúa el estado actual en una posición precisa: no es una tecnología lista para despliegue masivo, pero tampoco es una idea especulativa sin base. Es un campo en el que varias condiciones necesarias ya se cumplen —infraestructura existente, datos del subsuelo disponibles, marcos legales en formación— y en el que las condiciones suficientes todavía están siendo construidas.
La Universidad de Oklahoma, con financiamiento del Departamento de Energía a través del programa Wells of Opportunity, evaluó cómo convertir cuatro pozos viejos en fuentes de calor geotérmico para escuelas y hogares en la ciudad de Tuttle. El proyecto fue pausado durante la congelación de fondos federales del año pasado y todavía espera para iniciar su siguiente fase. En Pennsylvania, investigadores de la Universidad Estatal están estudiando cómo usar pozos abandonados —el estado tiene más de 200.000— para calentar invernaderos agrícolas y alojar sistemas de almacenamiento de aire comprimido que funcionen como baterías de red de bajo costo.
Saeed Salehi, quien fue director del proyecto en Oklahoma antes de incorporarse a la Universidad Metodista del Sur como profesor de ingeniería, señaló que la reutilización de pozos para geotermia tiene ventajas estructurales concretas: las empresas geotérmicas evitan costos de perforación significativos si los pozos ya tienen la profundidad y temperatura suficientes; las empresas petroleras pueden dar una segunda vida a activos que hoy les cuestan millones en sellado; y las comunidades cercanas a esa infraestructura pueden acceder a calor limpio y facturas de invierno más bajas. Lo que falta, en su análisis, es suficiente masa crítica de proyectos exitosos para escalar. El proceso de permisos para el proyecto de Tuttle tomó casi nueve meses, aunque está mejorando.
La geotermia como reorganización de incentivos, no como solución de parche
Lo que está emergiendo no es una política ambiental de limpieza con un giro tecnológico. Es algo más interesante desde el punto de vista estructural: un cambio en los incentivos que rodean una categoría entera de activos abandonados.
Históricamente, los pozos sin dueño eran un problema de externalidades: los costos recaían sobre el Estado o sobre nadie, mientras que los beneficios de la extracción ya habían sido capturados por operadores que en muchos casos ya no existen. Ese desacoplamiento entre quien generó el pasivo y quien carga con él es uno de los problemas centrales de la economía política del abandono industrial. Las leyes que Oklahoma, Nuevo México y Alabama están construyendo atacan ese desacoplamiento por otro ángulo: en lugar de perseguir responsables históricos, crean un mecanismo para que actores nuevos asuman los pozos a cambio del derecho a explotarlos con fines distintos.
Eso reorganiza los incentivos sin depender de la persecución retrospectiva de culpables, que es cara, lenta y políticamente complicada. Si funciona, el resultado no es solo menos pozos abandonados filtrando metano: es una forma de privatizar la remediación a través de la habilitación de nuevos mercados. La Well Done Foundation ya señaló la mecánica central: donde hay valor, hay capital dispuesto a moverse.
El límite de esa lógica también es visible. Si solo los pozos con temperaturas suficientemente altas o suficientemente cercanos a la red eléctrica son viables para conversión, la mayoría del inventario seguirá siendo un pasivo sin solución de mercado. Los estudios técnicos de Colorado y los trabajos de investigación de Penn State sobre almacenamiento de aire comprimido son intentos de ampliar ese conjunto viable, pero aún no tienen escala comercial demostrada.
Lo que sí está cambiando, con independencia de cuántos pozos terminen efectivamente convertidos, es la gramática con la que el sistema político y el sector energético hablan sobre esa infraestructura. Un pozo perforado dejó de ser únicamente un agujero con obligación de cierre. Empieza a ser tratado como un activo potencial con información del subsuelo incorporada, estructura física ya amortizada y ubicación geográfica dentro de redes de distribución existentes. Esa reclasificación —de pasivo a activo potencial— tiene consecuencias sobre cómo se asigna la responsabilidad, cómo se estructura el financiamiento y qué tipo de empresas tienen incentivos para entrar al mercado.
La transición que está describiendo este conjunto de leyes estatales no es la del petróleo a la geotermia como fuente dominante de energía. Es más acotada y más interesante: es la del abandono industrial como externalidad pura al abandono industrial como insumo potencial para un mercado nuevo. Cuánto de ese inventario termina siendo viable dependerá de la temperatura del subsuelo, del costo de conversión, del precio de la energía y del ritmo al que los marcos regulatorios maduren. Pero la dirección del movimiento ya tiene suficiente coherencia institucional y técnica como para que no sea reversible con facilidad.









