Perforar bajo los parques no es energía: es contabilidad creativa con suelo público

Perforar bajo los parques no es energía: es contabilidad creativa con suelo público

El gobierno federal propone abrir más de un millón de acres de tierras protegidas de California al petróleo y el gas. Antes de hablar de impacto ambiental, hay que hablar de la mecánica de extracción de valor que lo hace posible.

Lucía NavarroLucía Navarro19 de marzo de 20267 min
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Perforar bajo los parques no es energía: es contabilidad creativa con suelo público

Hay un tipo de operación que los modelos extractivos perfeccionan con el tiempo: la de socializar los costos mientras se privatizan los beneficios. La propuesta del Bureau of Land Management (BLM) para abrir más de un millón de acres de tierras públicas en California —incluyendo áreas adyacentes al Parque Estatal Monte Diablo, al Parque Estatal Henry W. Coe y al Parque Nacional Pinnacles— no es una anomalía política. Es la expresión más clara de ese mecanismo en funcionamiento.

El BLM publicó un Suplemento de Declaración de Impacto Ambiental (DSEIS, por sus siglas en inglés) que abre la puerta a la perforación y el fracking en tierras donde el gobierno federal controla los derechos minerales del subsuelo, aunque la superficie esté protegida como parque o reserva. A esto se le llama split-estate: el suelo es público, pero lo que hay debajo puede ser explotado. El período de comentarios públicos ya cerró, con decenas de miles de oposiciones registradas. Lo que sigue es una decisión final prevista para este año.

La arquitectura del modelo: quién paga, quién cobra

Antes de debatir si hay petróleo viable bajo el Monte Diablo, conviene auditar la estructura del modelo que lo hace posible. Los derechos mineros del subsuelo en estos split-estates pertenecen al gobierno federal. Si se aprueban concesiones de explotación, las empresas que las adquieran pagarán royalties al Estado federal y utilizarán infraestructura que, en muchos casos, ya fue financiada con inversión pública durante décadas. La superficie —parques, senderos, ecosistemas— absorbe los riesgos operativos: contaminación de acuíferos, deterioro de hábitats, afectación al turismo de naturaleza que genera ingresos reales a economías locales.

Juan Pablo Galvan, director senior de uso del suelo de Save Mount Diablo, lo articuló con precisión quirúrgica: proponer como objetivo de explotación algunos de los picos más importantes del sistema de parques estatales es, además de estratégicamente cuestionable, potencialmente un desperdicio de capital público invertido durante años en protección. Su argumento no es solo ambiental. Es económico: si la presencia de reservas viables es, según los propios críticos del plan, «extremadamente improbable», el cociente riesgo-retorno de esta operación no cierra para ningún inversor serio.

El BLM, en su respuesta institucional, señaló que el petróleo y el gas producidos entrarían en mercados comerciales fuera de su supervisión. Esa frase merece atención. Significa que la agencia federal diseña las condiciones de acceso, asume la responsabilidad regulatoria inicial y gestiona los impactos de imagen pública, mientras que los retornos financieros fluyen hacia actores de mercado que no están nombrados en ningún documento del proceso. No hay empresas identificadas, no hay estimaciones de reservas, no hay proyecciones de producción. Solo un marco habilitante construido con fondos y tierras públicas.

Lo que el DSEIS dice y lo que no puede calcular

El documento ambiental del BLM concluye que los impactos en aire, agua y biodiversidad serían menores y manejables. El Centro para la Diversidad Biológica discrepa y anticipa litigios bajo la Ley de Política Ambiental Nacional, la Ley de Aire Limpio, la Ley de Agua Limpia y la Ley de Especies en Peligro de Extinción. Este desacuerdo técnico llegará a los tribunales, como ya ocurrió en 2019 cuando un plan similar de la administración Trump fue bloqueado judicialmente y terminó en acuerdos que exigieron nuevas revisiones ambientales. El DSEIS actual es, en parte, el resultado de esos acuerdos.

Pero hay algo que ningún documento de impacto ambiental está diseñado para calcular: el costo de oportunidad de no proteger. El Diablo Range y la Costa Central de California sostienen ecosistemas que generan servicios tangibles: regulación hídrica para comunidades agrícolas, biodiversidad que sostiene polinizadores, infraestructura recreativa que mueve turismo local. Estos flujos de valor no aparecen en los libros contables de ninguna concesión petrolera. Son externalidades positivas que el modelo de explotación absorbería sin compensarlas.

California tiene prohibiciones estatales sobre nuevas perforaciones y fracking. La tensión entre la regulación federal sobre tierras con derechos mineros federales y la política energética estatal no es nueva, pero este plan la lleva a un punto de quiebre operativo: el Estado puede prohibir la perforación en terreno californiano bajo su jurisdicción, pero no puede bloquear directamente los derechos minerales federales en split-estates. California State Parks confirmó que continúa revisando la propuesta. No hay oposición formal del Estado hasta el momento de este análisis.

El patrón que esta propuesta revela para cualquier C-Level

El caso del Monte Diablo no es únicamente una disputa entre conservacionistas y la industria del petróleo. Es un estudio de caso sobre cómo se estructura el acceso a recursos comunes cuando los marcos regulatorios permiten separar la titularidad superficial de los derechos del subsuelo. Para cualquier líder empresarial que opere en sectores que dependen de licencias sociales, concesiones públicas o recursos naturales compartidos, el patrón es legible y aplicable.

Primero, la ausencia de nombres. Ninguna empresa ha sido identificada como potencial concesionaria en este proceso. Eso no es un vacío informativo accidental: operar en la primera línea de un conflicto regulatorio de alta visibilidad tiene costos reputacionales que los actores sofisticados prefieren diferir hasta que el marco legal esté consolidado. El riesgo de litigio en este caso es alto, documentado y repetido históricamente.

Segundo, la economía unitaria no cierra en público. Sin estimaciones de reservas viables, sin proyecciones de producción y sin precios de concesión conocidos, el caso de inversión para cualquier operador es opaco. Los críticos del plan, incluido Galvan, sostienen que los recursos en estas áreas son extremadamente improbables. Si eso es correcto, el modelo solo tiene sentido como ejercicio de habilitación regulatoria para uso futuro, no como negocio inmediato.

Tercero, el patrón de litigio como herramienta competitiva. La historia de este proceso, que arranca en 2019 y llega al DSEIS actual luego de acuerdos judiciales, muestra que los grupos ambientalistas han usado el sistema legal con eficacia para retrasar y modificar propuestas de explotación. Para las empresas que eventualmente compitan por estas concesiones, el verdadero costo de entrada no es el precio de la licitación: es el costo legal y temporal de navegar una cadena de litigios que puede extenderse años.

Los modelos de negocio que construyen su ventaja sobre el acceso privilegiado a recursos públicos sin compensar los costos que externalizan sobre las comunidades tienen una estructura de riesgo que no mejora con el tiempo. La licencia social no es un activo intangible que se ignora en el balance; es la condición de operabilidad. Cuando esa licencia se erosiona —como muestra cada ciclo de litigio en este caso— los costos de recuperarla superan con frecuencia los ingresos que el modelo prometía.

El mandato para cualquier organización que evalúe operaciones sobre recursos compartidos es directo: auditar si su modelo utiliza el entorno y a las comunidades como insumos baratos para generar retornos privados, o si tiene la arquitectura para devolver valor medible a quienes sostienen las condiciones de su propia viabilidad. No hay términos medios en esa ecuación. Solo resultados.

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