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El CEO saliente destruye más valor que el heredero en empresas familiares

El CEO saliente destruye más valor que el heredero en empresas familiares

Existe un mito bien instalado en la literatura de negocios: cuando una empresa familiar fracasa en su transición de liderazgo, la culpa recae sobre el sucesor. Los datos de McKinsey sobre más de 200 empresas familiares en 50 países y 10 sectores sugieren que esa premisa estaba apuntando al blanco equivocado. Las compañías estudiadas registran, en promedio, una caída de 5,7 puntos porcentuales en retornos para los accionistas en los cinco años posteriores a una transición de liderazgo.

Isabel RíosIsabel Ríos23 de mayo de 20268 min
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El CEO saliente destruye más valor que el heredero en empresas familiares

Existe un mito bien instalado en la literatura de negocios: cuando una empresa familiar fracasa en su transición de liderazgo, la culpa recae sobre el sucesor. El hijo que no estaba listo, la hija que nunca tuvo autoridad real, el sobrino que heredó el cargo pero no la visión. HBO construyó cuatro temporadas de Succession sobre esa premisa, y el imaginario corporativo la naturalizó sin mayor cuestionamiento.

Los datos de McKinsey sobre más de 200 empresas familiares en 50 países y 10 sectores sugieren que esa premisa estaba apuntando al blanco equivocado. Las compañías estudiadas registran, en promedio, una caída de 5,7 puntos porcentuales en retornos para los accionistas en los cinco años posteriores a una transición de liderazgo, comparados con los cinco años anteriores. Los ingresos y los márgenes de utilidad también se deterioran. Y el patrón se repite independientemente de si el sucesor es familiar o externo: solo alrededor de un tercio de todas las transiciones genera valor. El problema, concluyen los autores del estudio, no es el heredero. Es el CEO que sale.

Esa conclusión merece ser leída con atención estructural, no como una historia de egos individuales ni de psicología de fundadores. Lo que McKinsey está midiendo, aunque no lo llame así, es el costo de concentrar el poder en una sola persona durante décadas y luego transferirlo sin diseño.

Cuando el poder no tiene arquitectura, la salida se vuelve un colapso

El estudio identifica dos patrones de fracaso en el CEO saliente que son, en apariencia, opuestos pero que producen el mismo resultado.

El primero: el líder se va demasiado rápido. Entrega un cargo sin haber resuelto los conflictos acumulados, sin haber modernizado los sistemas que él mismo construyó a su medida, sin haber desarmado las estructuras de reporte que giraban en torno a su autoridad personal. El sucesor llega a un terreno minado que no conoce, y sus primeros años los gasta en desactivar herencias en vez de ejecutar una visión propia.

El segundo: el líder no se va realmente. Sigue operando desde las sombras, tomando decisiones informales, generando señales contradictorias para el resto de la organización. El sucesor tiene el título, pero no tiene el poder. Y el equipo lo sabe.

Ambos escenarios comparten una estructura común: el poder estaba concentrado en una persona, nunca fue codificado en la organización, y no existe un mecanismo para transferirlo de forma ordenada. Lo que McKinsey llama "arquitectura de sucesión" es, traducido a términos de diseño organizacional, la tarea de convertir el capital de autoridad personal en capital institucional antes de que sea necesario entregarlo.

El estudio señala que las empresas que gestionan mejor estas transiciones no suprimen el instinto de control del CEO saliente, sino que lo redirigen: hacia la limpieza de ineficiencias operativas, la simplificación de líneas de reporte, la resolución de conflictos latentes que el sucesor heredaría. Esa redirección solo funciona si existe un horizonte temporal suficiente. McKinsey estima que la sucesión en empresas familiares debería ser un proceso de entre 8 y 15 años, pero la mayoría de las familias no inicia ese proceso hasta que el líder ya está en declinación.

La brecha entre esos dos tiempos, el que el proceso requiere y el que la mayoría de las organizaciones le asigna, es donde se destruye el valor.

La ilusión de la meritocracia externa como solución

Uno de los hallazgos más reveladores del estudio es que la solución típica al problema del sucesor familiar, contratar a un ejecutivo profesional externo, no produce mejores resultados. Las transiciones a líderes no familiares fallan con la misma frecuencia que las transiciones internas. Ese dato desmonta un supuesto que muchas juntas directivas de empresas familiares han adoptado como dogma de buen gobierno: que la sangre es el problema y que el profesionalismo externo es la solución.

La evidencia apunta en otra dirección. El problema no está en el perfil del entrante, sino en las condiciones que hereda. Un ejecutivo externo talentoso, con credenciales impecables y experiencia en sectores comparables, sigue pasando sus primeros años gestionando la deuda estructural que el CEO anterior dejó sin resolver. Cambia el apellido del sucesor, pero no cambia la arquitectura del problema.

Desde una lectura de poder y diseño organizacional, esto tiene una explicación concreta. Las empresas familiares tienden a construir estructuras que concentran la información, la confianza y la autoridad en el fundador o líder de turno. Ese capital no es transferible de forma automática porque nunca fue codificado: vive en relaciones personales, en reputaciones construidas durante décadas, en una red de lealtades que responde a una persona y no a un cargo. Cuando esa persona se va, el entrante, sea familiar o externo, hereda el cargo pero no la red.

La distinción que sí importa en los datos no es familiar versus externo, sino transición bien diseñada versus transición improvisada. Y las transiciones bien diseñadas tienen un denominador común: consejos de transición con voces tanto familiares como no familiares, horizontes de planificación largos, transferencia faseada de roles y responsabilidades, y un proceso explícito de traspaso de conocimiento institucional. No es el perfil del sucesor lo que predice el resultado. Es la calidad del proceso que lo rodea.

Vale la pena detenerse en el número que sí diferencia al sucesor familiar cuando la transición funciona: una mejora de 23 puntos porcentuales en retornos para los accionistas en los cinco años posteriores, casi el doble de lo que genera una transición exitosa a un ejecutivo externo. Ese número no es argumento a favor del nepotismo. Es evidencia de que cuando existe continuidad de propósito, conocimiento del negocio y legitimidad percibida por el equipo, el potencial de creación de valor es mayor. El problema es que esa conjunción de condiciones es excepcional: las transiciones familiares exitosas representan apenas el 29% del total estudiado.

Lo que se transfiere cuando el poder tiene diseño

McKinsey estima que las sucesiones mal gestionadas destruyen aproximadamente un billón de dólares en valor de mercado a nivel global cada año. Esa cifra agrega la pérdida de cientos de empresas familiares que, individualmente, pueden parecer historias aisladas de conflicto interno o mala fortuna. En conjunto, revelan un patrón sistémico.

El patrón tiene una mecánica reconocible. Las empresas familiares tienden a construir competencia institucional extraordinaria mientras el fundador está activo: velocidad de decisión, lealtad del equipo, capacidad de adaptación. Pero esa competencia está frecuentemente personalizada, no sistematizada. El CEO sabe dónde están los problemas reales, qué clientes requieren atención especial, qué conflictos internos se gestionan con informalidad porque formalizarlos sería más costoso. Ese conocimiento rara vez está documentado porque nunca fue necesario documentarlo: el que lo sabía estaba siempre disponible.

Cuando ese CEO sale, sin proceso ni arquitectura, el sucesor no solo hereda un cargo. Hereda una organización diseñada alrededor de alguien que ya no está, con sistemas optimizados para responder a una persona específica y no a una función genérica. El primer año del sucesor se convierte en un ejercicio de arqueología organizacional.

Las empresas que evitan ese escenario comparten prácticas concretas. Primero, tratan la salida del CEO como un proyecto independiente, con sus propios hitos y su propia estructura de gobernanza, no como un subproducto de la llegada del sucesor. Segundo, crean instancias formales, consejos de transición, comités mixtos, que desplazan la decisión del plano familiar al plano institucional y la hacen menos susceptible a las dinámicas emocionales. Tercero, y esto es quizás lo más contraintuitivo, diseñan un rol postoperacional con sentido real para el CEO saliente. Los datos del estudio indican que los líderes que identifican un siguiente capítulo genuino, directorio, mentoría, liderazgo sectorial, transfieren el control operativo con mayor facilidad que quienes no tienen adónde ir.

Ese último punto merece leerse con cuidado, porque no es una observación sobre motivaciones personales ni sobre la psicología del fundador. Es una observación sobre incentivos estructurales. Un CEO que no tiene rol después de salir tiene todos los incentivos para no salir del todo. La permeabilidad de sus límites con la organización no es un rasgo de carácter: es la consecuencia lógica de una arquitectura que no diseñó un lugar para él fuera del centro.

La concentración de poder tiene fecha de vencimiento

Lo que el estudio de McKinsey pone en evidencia, debajo de sus números sobre retornos y márgenes, es un problema de diseño de poder que la mayoría de las empresas familiares posterga sistemáticamente porque, mientras el fundador está activo y el negocio crece, el costo de esa postergación no es visible.

La concentración de autoridad en una persona puede ser una ventaja competitiva durante las etapas de construcción. Acelera decisiones, genera coherencia cultural, reduce la fricción interna. Pero esa misma concentración produce una fragilidad específica: la organización se vuelve incapaz de funcionar sin esa persona, no porque sus miembros sean incompetentes, sino porque el sistema fue diseñado para responder a una inteligencia central y no para distribuir la autoridad de forma que sobreviva a quien la ejerce.

Las empresas familiares que logran transiciones exitosas no son necesariamente las que tienen los mejores sucesores. Son las que, durante años antes de que el líder salga, trabajaron en convertir el capital de autoridad personal en protocolos, en estructuras de gobernanza, en redes de confianza que no dependen de una sola persona para circular. Ese trabajo es lento, incómodo para el CEO en activo y políticamente difícil dentro de cualquier familia. Y es exactamente por eso que la mayoría no lo hace hasta que ya es tarde.

La destrucción de un billón de dólares anuales no se produce en el momento en que el CEO anuncia su salida. Se produce en los años, a veces décadas, en que la organización funcionó sin construir la arquitectura que haría posible que alguien más tomara el timón sin que todo se sacudiera.

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