Aire acondicionado: el negocio que enfría ciudades y recalienta el balance climático

Aire acondicionado: el negocio que enfría ciudades y recalienta el balance climático

La demanda de aire acondicionado se encamina a más que duplicarse hacia 2050 y puede empujar hasta 8,5 GtCO₂-eq al año. El mercado está creciendo, pero el modelo operativo vigente convierte el acceso al confort en una nueva fuente de riesgo climático y financiero.

Lucía NavarroLucía Navarro26 de febrero de 20266 min
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Aire acondicionado: el negocio que enfría ciudades y recalienta el balance climático

El aire acondicionado nació como un símbolo de progreso: productividad en oficinas, descanso en hogares, resiliencia frente a olas de calor. Hoy, ese mismo símbolo está a punto de convertirse en una paradoja contable para el planeta y para cualquier empresa con exposición a energía, construcción, bienes durables o salud pública.

Un estudio publicado en Nature Communications el 25 de febrero de 2026 por investigadores de la University of Birmingham proyecta que el uso global de aire acondicionado más que se duplicará para 2050, y que sus emisiones podrían llegar a 8,5 gigatoneladas de CO2 equivalente por año, por encima de las emisiones anuales actuales de Estados Unidos (5,9 GtCO₂-eq). Además, el uso de aire acondicionado aportaría entre 0,03°C y 0,07°C de calentamiento adicional hacia 2050, según el escenario de emisiones considerado. La magnitud es suficiente para alterar conversaciones de inversión, regulación y diseño urbano durante la próxima década.

Lo incómodo de esta historia es que no se trata de un “lujo climático” fácil de desactivar. La investigación también subraya una desigualdad estructural: las regiones más expuestas al calor —como partes de Asia del Sur y África— tienen hoy menos acceso al enfriamiento mecánico, mientras regiones más ricas sostienen mayores tasas de uso pese a necesidades térmicas comparativamente menores. Si los países de menores ingresos alcanzaran el mismo acceso que los de mayores ingresos, el impacto podría sumar 0,05°C adicional incluso en el escenario más favorable.

La curva de demanda ya está escrita y el costo lo paga la electricidad

La expansión del aire acondicionado no es una hipótesis de mercado; es una trayectoria apoyada por cifras duras. La IEA estima que las unidades residenciales se triplicaron desde 2000, llegando a más de 1,5 mil millones de equipos en 2022. Y el estudio proyecta que más del 45% de la población mundial podría tener aire acondicionado para 2030, frente al 37% en 2023.

Desde la óptica de negocios, esto parece una historia de crecimiento “obvia”: más ingresos en países emergentes, urbanización acelerada, más olas de calor, y una aspiración social legítima a vivir y trabajar sin estrés térmico. El problema es que el crecimiento no viene solo: viene atado a una cuenta de electricidad que, bajo un escenario intermedio, podría alcanzar 4.493 TWh destinados a refrigeración en 2050.

Ese número es más que una estadística energética; es una señal de presión sobre redes, sobre costos marginales en horas pico y sobre el precio del riesgo regulatorio. En la práctica, el aire acondicionado se comporta como una demanda que se dispara cuando el sistema está más tenso: calor extremo implica máximo consumo, y máximo consumo eleva la probabilidad de picos de precio, cortes y necesidad de inversión en capacidad.

La lección estratégica es concreta: quien vende equipos y quien opera edificios está vendiendo, en paralelo, una obligación futura sobre el sistema eléctrico. Si el negocio se mide solo en unidades colocadas, el mercado parece infinito. Si se mide en costo total para la economía —energía, capacidad, mantenimiento y emisiones— el mercado exige rediseño.

El bucle de retroalimentación: equidad térmica que amenaza metas climáticas

La investigación describe un “bucle” que el C-Level debe leer como dilema operativo: aumentar el acceso al enfriamiento en zonas vulnerables protege salud y productividad, pero al mismo tiempo puede empujar emisiones y volver más difícil cumplir objetivos climáticos globales.

Esto no es un argumento para frenar el acceso; es un argumento para cambiar el producto y el sistema que lo soporta. Cuando un modelo de negocio crece sobre una base energética intensiva, el crecimiento deja de ser una virtud automática. Se convierte en un multiplicador de riesgo.

En términos de equidad, el problema es doble. Primero, el calor extremo castiga con más fuerza a quienes tienen menor capacidad de pago y viviendas menos preparadas para disipar calor. Segundo, cuando la respuesta dominante es vender más equipos estándar, se refuerza una dependencia de consumo eléctrico en hogares que ya operan con presupuestos frágiles. Es una forma silenciosa de extracción: no se extrae con una factura inicial alta, se extrae con el gasto mensual acumulado y con la vulnerabilidad ante tarifas.

El estudio también recuerda otro vector de emisiones que muchos comités ejecutivos siguen tratando como asunto técnico secundario: los refrigerantes. Gran parte del parque instalado utiliza HFC, gases de efecto invernadero potentes, que se emiten por fugas, mal mantenimiento o disposición inadecuada. El punto no es demonizar una molécula, sino entender que el riesgo climático ya no está solo en el kilovatio-hora, sino en la cadena completa del equipo.

En ese marco, iniciativas como la Enmienda de Kigali —en vigor desde 2019— importan porque apuntan a recortar el uso de HFC en más de 80% en 30 años. Pero incluso un éxito regulatorio allí no elimina el componente mayor: la energía. El crecimiento del enfriamiento exige una solución que combine electricidad más limpia, mayor eficiencia, diseño de edificios y mejores prácticas de uso.

La gran oportunidad no es vender más equipos, es vender menos calor

He visto demasiadas industrias confundir volumen con valor. El aire acondicionado está a punto de caer en esa trampa a escala planetaria.

El estudio propone cuatro líneas de acción: transición rápida a electricidad limpia, adopción de refrigerantes de baja contaminación, mejor diseño de edificios con aislamiento y sombra, y cambios de comportamiento como subir la temperatura objetivo o desplazar consumo fuera de horas pico. El listado suena “obvio” hasta que uno lo traduce a incentivos empresariales.

La oportunidad real está en rediseñar la propuesta comercial para que el proveedor gane dinero cuando el cliente consume menos energía, no cuando consume más. Eso implica cambiar qué se vende:

  • Del “equipo” a la solución térmica del edificio. Si el producto sigue siendo una caja en la pared, el incentivo es colocar más cajas. Si el producto es confort medido y garantizado, el incentivo pasa a ser aislamiento, sombreados, sellos, control inteligente, mantenimiento y eficiencia.
  • De la venta única al ingreso recurrente vinculado a desempeño. En la economía del enfriamiento, el costo grande ocurre durante la operación. Allí es donde un modelo de servicio puede capturar valor y, al mismo tiempo, bajar emisiones.
  • Del crecimiento por subsidio al crecimiento por pago del usuario. El acceso equitativo al enfriamiento no se logra con programas eternos que entregan equipos sin resolver operación y mantenimiento. Se logra con ofertas que convierten el gasto mensual de energía en un pago predecible por confort eficiente, con financiamiento compatible con ingresos variables.

En la práctica, esto abre espacio para alianzas entre fabricantes, utilities, inmobiliarias y ciudades, porque el valor se reparte. La empresa que reduzca picos de demanda reduce necesidad de inversión en red. El edificio eficiente reduce ausentismo y mejora productividad. El fabricante que migre rápido en refrigerantes y eficiencia protege su licencia para operar.

El mercado, además, es enorme. La IEA proyecta que se venderán diez nuevos equipos por segundo durante los próximos 30 años. Cuando un mercado crece a esa velocidad, el estándar técnico que se imponga hoy se convierte en infraestructura moral y financiera por décadas. Cambiar especificaciones, mantenimiento y fin de vida útil es, literalmente, moldear emisiones futuras.

Mandato ejecutivo: convertir el enfriamiento en una estrategia de resiliencia y margen

El estudio de Birmingham pone números a una realidad que los comités de riesgo ya están sintiendo: la refrigeración es salud pública, es productividad y es demanda eléctrica crítica. También es un multiplicador de emisiones si se deja al piloto automático.

Para el C-Level, el camino pragmático se ordena en tres frentes. Primero, eficiencia como producto, no como campaña: especificaciones superiores, control de fugas y mantenimiento profesional reducen costos de ciclo de vida y riesgo regulatorio. Segundo, edificios que rechazan calor: aislamiento, sombras y diseño reducen tamaño de equipos y gasto operativo; es el tipo de inversión que se paga con la factura mensual, no con discursos. Tercero, modelo de acceso digno: el crecimiento en regiones vulnerables debe financiarse con estructuras de pago que no colapsen a la primera crisis, porque el calor no espera a los presupuestos públicos.

El enfriamiento será uno de los grandes negocios del siglo, y también una de sus grandes pruebas éticas. La única estrategia aceptable para una empresa que pretende durar consiste en auditar su ecuación central con frialdad ejecutiva: dejar de usar a las personas y al entorno como insumos para generar dinero, y usar el dinero como combustible para elevar a las personas con soluciones térmicas limpias, eficientes y accesibles.

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