Las empresas que usan IA para reducir costos están dejando pasar la mayor apuesta de valorización de la última década
Hay una brecha entre lo que los ejecutivos dicen creer sobre la inteligencia artificial y lo que sus organizaciones hacen con ella. No es una brecha de conocimiento. Es una brecha de atención estratégica, y tiene un costo que pocas juntas directivas han cuantificado con honestidad.
En una mesa redonda reciente con ejecutivos del sector de gestión de patrimonio, los autores de un paper de Wharton plantearon una pregunta directa: si en tres años comparáramos dos firmas similares, una que aprovechó bien la IA y otra que no lo hizo, ¿cuánto más valiosa sería la primera? La respuesta promedio fue 2.35 veces, equivalente a un incremento del 135% en valor de la firma. Un número que los propios participantes consideraron razonable. El problema surgió inmediatamente después, cuando se les preguntó dónde estaban invirtiendo realmente en IA. La respuesta fue casi unánime: en eficiencia. Varios admitieron que nunca habían conectado, de forma seria, la IA con el crecimiento de ingresos.
Eso no es un problema de visión. Es un problema de arquitectura de decisión.
Cuando el techo de la eficiencia se convierte en un techo estratégico
El argumento a favor de usar IA para reducir costos tiene respaldo empírico. Un ensayo aleatorio a gran escala en una empresa de software encontró que una herramienta de atención al cliente basada en IA generativa aumentó la productividad de los agentes en más del 10%. Un estudio separado con cerca de 5,000 desarrolladores mostró ganancias superiores al 25%. En gestión de patrimonio, la IA puede comprimir semanas de incorporación de clientes a días, y asistir a asesores en preparación y seguimiento de reuniones. Esos son resultados reales.
Pero hay una aritmética que los modelos de eficiencia no pueden superar. Bajo supuestos generosos, si el 50% de la base de costos de una firma es susceptible de mejoras por IA, y la IA reduce esos costos en promedio un 10%, el impacto total sobre los gastos es de aproximadamente un 5%. Aplicado a una firma representativa de gestión de patrimonio, eso produce un incremento en valor de alrededor del 10%. No es despreciable. Pero está a una distancia sideral del 135% que los mismos ejecutivos consideraron alcanzable.
La razón es estructural, no circunstancial. Los costos tienen un límite inferior: cero. Los ingresos no tienen límite superior. Y los mercados de capital no valoran a las empresas principalmente por lo que ganan hoy, sino por lo que se espera que ganen en el futuro. El premio que los inversores asignan a las expectativas de crecimiento sostenido es desproporcionadamente grande respecto al que asignan a la optimización de gastos. Una firma de gestión de patrimonio que crece orgánicamente al 5% anual vale aproximadamente un 50% más que una firma idéntica que crece al 3%. Una que crece al 7% vale un 122% más. Esos números no emergen de proyecciones optimistas: son consecuencia directa de cómo los mercados calculan múltiplos sobre ganancias cuando hay crecimiento sostenido en el horizonte.
Lo que esto implica es que un incremento de apenas dos puntos porcentuales en la tasa de crecimiento orgánico, algo modesto para firmas de alto rendimiento históricamente, puede aumentar el valor de la firma en un 50% antes de que las ganancias mismas crezcan. Un incremento de cuatro puntos puede duplicar ese valor. Frente a esas magnitudes, el ahorro en costos operativos se vuelve un argumento de segundo orden.
El experimento que demuestra la mecánica del crecimiento
Para hacer concreto lo que hasta aquí podría sonar abstracto, los investigadores trabajaron con firmas de gestión de patrimonio en una aplicación específica: campañas de marketing directo en LinkedIn, orientadas a ejecutivos de alto nivel y dueños de pequeñas empresas. El enfoque no fue convencional.
Utilizaron lo que denominaron "científicos virtuales": sistemas de IA instruidos para generar decenas de conceptos alternativos de anuncios y luego simular la respuesta del público objetivo para identificar, antes del lanzamiento, cuáles tendrían mejor desempeño. El incremento proyectado en tasas de clics para los anuncios ganadores osciló entre 2.7 y 3.5 veces. Cuando esos anuncios se publicaron en el campo, el incremento promedio fue de 3.2 veces.
La pregunta relevante no es si ese número es impresionante. Es qué le hace al valor de la firma. Considera una empresa con una tasa de crecimiento orgánico base del 3%, distribuida más o menos por igual entre tres canales: redes de asesores, compra de contactos a custodios, y marketing directo. Si el canal de marketing directo representa un punto porcentual de esa tasa y la IA lo triplica, ese canal pasa a contribuir tres puntos porcentuales. La tasa de crecimiento orgánico total sube de 3% a 5%, y el valor de la firma se incrementa en aproximadamente un 50% solo por ese movimiento.
Ahora supón que, animada por esos resultados, la firma redirige el presupuesto que antes dedicaba a la compra de contactos —una fuente cara y con rendimientos decrecientes— hacia el canal de marketing directo, que acaba de demostrar tracción real. La tasa de crecimiento orgánico salta al 7%. El valor de la firma más que se duplica respecto a la línea base.
Este no es un experimento de laboratorio. Es una demostración del mecanismo por el que la asignación de recursos de IA determina si una empresa captura el 10% de valor que promete la eficiencia o el 100%+ que promete el crecimiento.
La asimetría que la mayoría de las juntas directivas no está viendo
Hay algo más perturbador que el hecho de que las empresas estén subinvirtiendo en IA para crecimiento. Es que la dinámica de competencia va a hacer esa brecha más difícil de cerrar con el tiempo.
Las ganancias en marketing que produce la IA hoy —ese 3.2 veces en tasas de clic— se van a comprimir a medida que más firmas adopten herramientas similares. La ventana para capturar múltiplos de valorización a partir de esos resultados es finita. Lo que no se comprime con la misma velocidad son las fuentes de crecimiento que dependen de profundidad relacional: ampliar la participación en la cartera de clientes existentes, mejorar la calidad del asesoramiento financiero, acortar ciclos de venta mediante mejor alineación entre asesores y perfiles de cliente. Esas palancas son más difíciles de imitar porque requieren acumulación de contexto, confianza y datos propietarios.
Las firmas que primero construyen una base de crecimiento orgánico sostenido tienen, además, una ventaja secundaria que pocos modelos de análisis estratégico capturan con claridad: los múltiplos de valorización más altos se convierten en moneda de adquisición. Una empresa con un múltiplo alto puede adquirir competidores con múltiplos más bajos con menor dilución para sus accionistas. La eficiencia no genera ese efecto. El crecimiento sostenido, sí.
El argumento se extiende más allá de la gestión de patrimonio. Cualquier sector donde los inversores valoran el crecimiento orgánico sostenido, desde servicios legales hasta salud, desde educación hasta plataformas de software, enfrenta la misma asimetría: el efecto multiplicador del crecimiento sobre la valorización supera con amplitud el impacto de la reducción de costos. Las firmas que reconocen eso primero no solo crecen más rápido: se posicionan para definir la estructura competitiva del sector durante los próximos años.
Dependencia del programa de eficiencia y fragilidad estructural silenciosa
Hay una dimensión que el análisis financiero no captura del todo, y que desde una perspectiva organizacional importa tanto como los números. Las organizaciones que orientan su agenda de IA principalmente hacia la eficiencia no están siendo conservadoras. Están construyendo una dependencia estructural de un tipo de retorno que tiene techo, en un momento en que el mercado está premiando masivamente otro tipo de retorno que no lo tiene.
Eso crea fragilidad de un tipo específico: no la fragilidad visible de una empresa endeudada o con márgenes negativos, sino la fragilidad de un sistema que funciona bien dentro de sus propios parámetros y por eso no siente urgencia de cambiarlos. Los costos bajan, los procesos mejoran, los reportes muestran avance. Pero la tasa de crecimiento orgánico no se mueve, y el múltiplo de valorización tampoco.
La trampa no está en la incompetencia de los equipos ni en la falta de talento técnico. Está en que el programa de eficiencia tiene métricas claras, ciclos cortos de retroalimentación y stakeholders internos bien definidos. El programa de crecimiento mediante IA requiere experimentación en campo, tolerancia a resultados que no confirman las hipótesis iniciales, y una disposición a redistribuir presupuesto desde canales establecidos hacia capacidades que todavía están probándose. Para muchas organizaciones, esa redistribución no choca contra la tecnología. Choca contra la gobernanza, los incentivos por área y la velocidad a la que los comités aprueban experimentos que no encajan en categorías presupuestarias existentes.
Los autores del paper de Wharton lo llaman capacidad de absorción: el grado en que las personas, los procesos de gobernanza y los flujos de trabajo de una organización pueden incorporar y actuar sobre tecnología nueva. Para muchas firmas, el primer obstáculo real para convertir IA en crecimiento no es construir mejores herramientas. Es remover los cuellos de botella internos que impiden que las herramientas existentes se usen con eficacia a escala.
Las organizaciones más maduras estructuralmente no son necesariamente las que tienen los equipos técnicos más sofisticados. Son las que han construido la capacidad institucional de tomar una evidencia de campo, como el experimento de LinkedIn, y convertirla en una decisión de redistribución de recursos antes de que la ventana de ventaja competitiva se cierre. Esa capacidad no se instala con un proyecto de transformación digital. Se construye con decisiones repetidas sobre cómo se asigna la atención estratégica, qué se mide como éxito y quién tiene autoridad para redirigir el presupuesto cuando los datos lo justifican.
Las empresas que hoy están usando IA principalmente para reducir costos no están tomando una decisión equivocada en sentido absoluto. Están tomando la decisión que sus estructuras de gobernanza, sus sistemas de incentivos y sus ciclos de reporte hacen más fácil de tomar. El problema es que esa facilidad tiene un precio que no aparece en ningún estado de resultados actual, pero que sí aparecerá en los múltiplos de valorización comparativos dentro de tres años.









