Cuando conservar la naturaleza se convierte en conflicto territorial

Cuando conservar la naturaleza se convierte en conflicto territorial

Oxygen Conservation está construyendo uno de los portafolios de capital natural más ambiciosos del Reino Unido. Pero la velocidad con la que compra tierra está generando una fractura social que ningún modelo de carbono puede compensar.

Elena CostaElena Costa6 de abril de 20267 min
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Cuando conservar la naturaleza se convierte en conflicto territorial

Hay una paradoja que el mercado de capital natural todavía no sabe resolver: cuanto más rápido crece una empresa de conservación, más se parece a lo que dice querer reemplazar. Oxygen Conservation lleva años construyendo un portafolio de tierras en el Reino Unido bajo la promesa de restaurar ecosistemas degradados y generar créditos de carbono verificables. El modelo tiene lógica financiera impecable. El problema es que las comunidades que viven dentro y alrededor de esos paisajes no están experimentando una transición ecológica. Están viviendo una transferencia de control.

Esa distinción no es semántica. Es la diferencia entre un negocio con propósito y uno con buenas relaciones públicas.

La mecánica de la expansión y lo que cuesta ignorarla

Oxygen Conservation ha crecido adquiriendo propiedades rurales en Escocia con una velocidad que ha despertado alarmas entre residentes locales, agricultores arrendatarios y organizaciones comunitarias. El malestar no surge de oponerse a la conservación como idea, sino de cómo se ejecuta en la práctica: compras aceleradas que cambian el uso del suelo sin procesos de consulta robustos, y una narrativa corporativa que habla de biodiversidad mientras ignora la biodiversidad social del territorio.

Esto no es un problema de imagen. Es un problema estructural de modelo de negocio. El capital natural, para ser genuinamente negociable a largo plazo, necesita la legitimidad social de las comunidades sobre las que opera. Sin ella, los créditos de carbono que genera quedan expuestos a una categoría de riesgo que los mercados financieros todavía subestiman: el riesgo de conflicto socioterritorial. Este tipo de riesgo no aparece en los informes de sostenibilidad estándar, pero tiene consecuencias muy concretas: litigios, bloqueos regulatorios, campañas de presión que erosionan la credibilidad ante compradores corporativos de créditos, y en última instancia, pérdida del acceso operativo al territorio.

La velocidad de expansión de Oxygen Conservation revela una lógica financiera comprensible: adquirir tierra antes de que los precios del carbono y de los activos naturales se disparen aún más. Pero esa misma velocidad comprime los tiempos necesarios para construir la confianza local que hace sostenible cualquier proyecto de gestión territorial. Hay una contradicción entre el horizonte largo del carbono forestal —que puede medirse en décadas— y el ritmo de adquisición, que opera en ciclos de meses.

El modelo de negocio bajo escrutinio

El capital natural como clase de activo está atravesando lo que podríamos llamar la fase de decepción dentro de su propia curva de madurez. Después de años de entusiasmo institucional, los primeros proyectos a escala real están revelando que la promesa de "hacer dinero conservando" exige algo más que acceso a tierra y metodologías de verificación de carbono. Exige gobernanza.

Oxygen Conservation no es la única empresa en esta posición. Es, en todo caso, el caso más visible en este momento del debate escocés sobre reforma de la propiedad de la tierra. Pero su situación ilustra un patrón que se repite en otros mercados: los modelos de capital natural que se estructuran como vehículos de inversión pura tienden a replicar las asimetrías de poder que los marcos ESG dicen querer corregir. La tierra cambia de manos. Los beneficios financieros fluyen hacia inversores externos. Las comunidades locales absorben las externalidades de la transición sin participar de forma material en sus beneficios.

Desde una perspectiva de economía unitaria, este modelo tiene un defecto de diseño relevante: el valor a largo plazo de un crédito de carbono forestal depende de la permanencia del proyecto. Y la permanencia, en proyectos de uso del suelo, depende directamente de la estabilidad social del entorno. Un proyecto comunitario conflictivo es un proyecto en riesgo de no permanencia. Eso tiene precio, aunque ese precio aún no esté bien modelado en los mercados de carbono voluntarios.

La pregunta que el C-Level de cualquier empresa en este sector debería estar respondiendo no es cuánta tierra pueden adquirir, sino qué arquitectura de participación local hace que ese activo sea defendible en el tiempo. Ese es el verdadero test de viabilidad.

La digitalización que falta en el capital natural

Hay algo que llama la atención cuando se analiza el sector de capital natural desde una perspectiva de convergencia tecnológica: la sofisticación de los instrumentos financieros contrasta con la pobreza de los mecanismos de participación comunitaria. Se usan modelos de teledetección satelital para medir la captura de carbono árbol por árbol, pero no hay infraestructura digital equivalente para mapear el capital social del territorio o para dar voz estructurada a las comunidades en los procesos de toma de decisiones.

Esa asimetría es una oportunidad mal aprovechada. Las plataformas de gobernanza participativa, los registros descentralizados para la distribución de beneficios y los sistemas de monitoreo comunitario ya existen y están siendo probados en proyectos de conservación en el Sur Global. Su adopción en mercados maduros como el Reino Unido sigue siendo marginal, en parte porque añade complejidad operativa a corto plazo y en parte porque obliga a compartir el control de activos con actores que no tienen poder financiero pero sí poder de legitimación.

La democratización del acceso a los beneficios del capital natural no es una concesión ética: es la condición técnica para que los proyectos sean permanentes, y por tanto financieramente viables. Las empresas que entiendan esto antes construirán portafolios más resistentes que las que sigan optimizando solo la velocidad de adquisición.

El activo que no aparece en el balance

Oxygen Conservation está aprendiendo, en tiempo real y bajo presión pública, una lección que los mercados de capital natural tendrán que sistematizar: la licencia social para operar no es un trámite previo al negocio, es parte constitutiva del activo. Un bosque en restauración sobre un territorio en conflicto no vale lo mismo que uno sobre un territorio en el que la comunidad local es socia activa del proyecto. La diferencia no es moral, es financiera.

Los mercados de carbono voluntarios, que atraviesan su propio proceso de maduración y estandarización, van a incorporar progresivamente métricas de beneficio comunitario como parte de los criterios de calidad de los créditos. Eso ya está ocurriendo en estándares como Verra o Gold Standard, donde los co-beneficios sociales empiezan a incidir en el precio. Las empresas que hoy construyen gobernanza comunitaria real no están siendo altruistas: están adelantando una adaptación que el mercado les va a exigir de todas formas.

La velocidad sin consulta no es una estrategia de crecimiento. Es una deuda social que se paga con prima cuando el conflicto escala. El capital natural solo funciona como clase de activo duradera cuando la tecnología de medición ambiental y la arquitectura de participación humana avanzan al mismo ritmo.

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