Dos billones de dólares sin red de seguridad: el crédito privado ante su primera prueba real

Dos billones de dólares sin red de seguridad: el crédito privado ante su primera prueba real

El mercado de crédito privado acumuló dos billones de dólares en préstamos directos durante 15 años de condiciones benignas. Howard Marks advierte que los estándares de suscripción cedieron bajo la presión competitiva, y que la corrección ya comenzó.

Gabriel PazGabriel Paz11 de abril de 20267 min
Compartir

Dos billones de dólares sin red de seguridad: el crédito privado ante su primera prueba real

Durante veinte años, el mercado de crédito privado pasó de valer aproximadamente 150.000 millones de dólares a convertirse en uno de los segmentos de mayor crecimiento de las finanzas globales. El préstamo directo —la categoría que concentra préstamos a empresas medianas patrocinadas por capital privado y con calificación por debajo del grado de inversión— acumuló en solitario cerca de dos billones de dólares en préstamos durante los últimos 15 años. Es un número que impone respeto, y que ahora empieza a imponer miedo.

Howard Marks, fundador de Oaktree Capital Management, publicó un memorando titulado "What's Going on in Private Credit?" donde articula con precisión quirúrgica el mecanismo que llevó al sector a esta encrucijada. Su análisis no es una opinión de mercado: es la disección de un ciclo crediticio que siguió cada uno de los pasos que la historia financiera ya había documentado antes, aunque esta vez sin el escenario visible que normalmente obliga a los actores a corregir a tiempo.

El vacío que creó el exceso

Todo comenzó después de la crisis financiera global de 2008. Los bancos salieron de ese episodio descapitalizados, sometidos a regulaciones más estrictas y con menor apetito para financiar el universo de empresas medianas que el capital privado necesitaba para operar. Ese vacío fue real y generó una oportunidad legítima: los gestores de activos no bancarios entraron a llenar el espacio, creando una cadena de financiamiento que las entidades reguladas ya no podían sostener.

El modelo funcionó. Durante 17 años consecutivos de condiciones económicas relativamente favorables, el crédito privado directo entregó rendimientos atractivos con una volatilidad aparentemente baja. Esa última parte es el detalle que lo cambia todo. Los préstamos directos no cotizan en mercados secundarios activos. No hay precio de mercado diario que refleje el deterioro de un prestatario. No hay spread que se amplíe cuando las condiciones del deudor empeoran. La ausencia de descubrimiento de precios creó una ilusión de estabilidad que, según Marks, enmascaró riesgos crediticios equivalentes a los de bonos de alto rendimiento o préstamos sindicados ampliamente distribuidos.

Esa opacidad atrajo capital. Y el capital atrajo competencia. Y la competencia hizo lo que siempre hace cuando los incentivos de corto plazo dominan sobre la disciplina de largo plazo: erosionó los estándares.

La mecánica del deterioro silencioso

El punto que Marks articula con mayor contundencia no es que el sector creciera demasiado rápido —eso es descriptivo—, sino cómo la presión por desplegar capital redibujó los límites de lo aceptable. Nuevos gestores ingresaron al mercado con compromisos de capital masivos que debían ser colocados en plazos definidos. La presión de despliegue es una fuerza estructural: un fondo que no invierte su capital no cobra comisiones de gestión sobre activos invertidos, y los inversores pierden la paciencia. El resultado fue predecible: los gestores aceptaron rendimientos más bajos, spreads más angostos y condiciones de préstamo menos protectoras para el acreedor.

Este patrón no es nuevo en la historia crediticia. Lo que sí es relativamente nuevo es la escala y la opacidad combinadas. Cuando el ciclo giró —con las quiebras de First Brands y Tricolor a mediados de 2025— la sorpresa entre los inversores fue significativa. Ambos casos generaron preguntas no solo sobre la calidad crediticia, sino sobre la posibilidad de que estándares laxos hayan permitido comportamientos irregulares por parte de los prestatarios que un proceso de debida diligencia más riguroso habría detectado.

Marks describe un punto de inflexión cognitivo que ocurrió en los primeros días de febrero de 2026: el momento en que los inversores, que habían ignorado señales acumuladas durante meses, reaccionaron de forma colectiva. Desde entonces, el mercado enfrenta una volatilidad y un escrutinio que no había experimentado en toda su historia moderna.

Lo que hace particularmente compleja esta dinámica es su carácter dual. Por un lado, existe un deterioro fundamentado en la calidad de los préstamos subyacentes y en la capacidad de pago de las empresas de portafolio. Por otro, hay una crisis de confianza sobre los vehículos mismos: cómo valúan sus carteras, con qué criterios reportan los valores en libros, y bajo qué condiciones los inversores pueden recuperar su dinero. Esta segunda dimensión es autorreferencial: la duda sobre la liquidez genera solicitudes de reembolso, que activan los límites estructurales de los fondos, que a su vez profundizan la duda.

La paradoja de los límites de rescate

Los fondos de crédito directo que ofrecen cierta liquidez a inversores —los llamados vehículos semi-líquidos— incorporaron desde su diseño mecanismos que limitan los reembolsos en períodos de estrés. La lógica era proteger al fondo de ventas forzadas que destruirían valor para todos los partícipes. Marks señala que esos mecanismos han funcionado según lo diseñado, evitando liquidaciones desordenadas. Pero generaron un efecto secundario que sus arquitectos subestimaron: cuando un inversor no puede recuperar su capital en el momento que lo decide, interpreta esa restricción como evidencia de un problema más profundo, no como un mecanismo de protección.

Esta paradoja no tiene solución técnica sencilla. Es una tensión estructural entre la naturaleza ilíquida de los activos subyacentes y las expectativas de liquidez que los gestores prometieron para atraer capital institucional y retail. El capital que entró bajo la promesa de acceso periódico choca ahora contra la realidad de que esos activos no se pueden convertir en efectivo sin costo en ningún plazo razonable cuando el mercado está bajo presión.

El sector del capital privado está profundamente imbricado en esta ecuación. Las empresas de portafolio de los fondos de private equity son en su mayoría los prestatarios del crédito directo. Su capacidad de servicio de deuda depende de condiciones operativas que, ante cualquier deterioro macroeconómico, tensionan simultáneamente ambos lados de la estructura.

Lo que la corrección revela sobre el próximo ciclo

El análisis de Marks opera como un espejo sobre algo más amplio que el crédito privado en sí: la relación entre abundancia de capital y disciplina de suscripción es históricamente inversa. Cuando el dinero escasea, los criterios se endurecen. Cuando el dinero sobra, los criterios ceden. Esta mecánica no requiere mala fe de los gestores; requiere simplemente que los incentivos del corto plazo sean más tangibles que los riesgos del largo plazo, especialmente cuando esos riesgos no se reflejan en ningún precio observable.

La corrección que está ocurriendo en el crédito privado no es un accidente de ejecución. Es la consecuencia matemática de un entorno que mantuvo artificialmente baja la percepción de riesgo durante casi dos décadas. Los mercados sin descubrimiento de precios no eliminan el riesgo; lo acumulan de forma invisible hasta que una quiebra, una restricción de liquidez o un cambio de sentimiento lo hace aflorar de golpe.

La próxima fase del mercado de crédito privado estará definida por gestores que sobrevivan no porque tuvieron las mejores relaciones con los patrocinadores de capital privado, sino porque mantuvieron la disciplina cuando el ciclo los presionó a abandonarla. La transparencia en la valoración de carteras dejará de ser una ventaja diferencial y se convertirá en el precio mínimo de admisión para cualquier capital institucional serio. Los líderes que hoy administran activos alternativos deben entender que el argumento de la iliquidez como escudo contra la volatilidad fue siempre una convención contable, no una protección económica, y que el mercado tardó en aprenderlo pero no ha terminado de pagar esa matrícula.

Compartir
0 votos
¡Vota por este artículo!

Comentarios

...

También te puede interesar

Crédito privado: la corrección que Howard Marks anticipó | Sustainabl